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viernes, 5 de junio de 2020

Crítica: In Rock de Deep Purple (1970)

En 1969 la banda Deep Purple tenía proposito, encontrar su sitio en el mundo de la música con una formación potente. Ritchie Blackmore (guitarrista), Jon Lord (tecladista) e Ian Paice (batería) habían llegado al pacto de apostar por un sonido más duro de rock influidos por el impacto que simultáneamente estaba dando Led Zeppelin. Un camarada de Blackmore, Mick Underwood (que había tocado con él en The Outlaws), les presentó a dos miembros de la banda donde este tocaba la batería, Episode Six. Ian Gillan (cantante) y Roger Glover (bajista) eran el tándem compositor de su banda y al verles actuar, los tres miembros de Deep Purple quedaron convencidos del valor que los dos tenían como equipo.

Gillan ya era conocido anteriormente por la banda y en principio era el único recambio que Blackmore había contemplado, pero Paice le convenció de que valía la pena sumar al bajista a la formación renovada de la banda. Eso sí, esta transición de miembros se estaba haciendo con Nick Simper (bajista) y Rod Evans (cantante) aún en la banda y sin que ellos lo supieran. El objetivo era finalizar la gira en Estados Unidos con la vieja formación y luego hacer el cambio de fichas con los compromisos cumplidos. El que se llevaría la sorpresa más negativa sería Simper, que creyéndose que formaría parte de la renovación de la banda, se encontraría con que ya habían grabado un tema nuevo con Glover.

Mark II: Experimentando antes de la gran jugada

Jon Lord, Ian Paice, Ian Gillan, Ritchie Blackmore y Roger Glover (1969)

Ese tema, llamado Halleluyah (cover de una canción de Roger Greenaway y Roger Cook), había sido preparado por la formación antigua, pero como dijo Jon Lord en una entrevista para el canal oficial de la banda en YouTube: “Esta canción era en buena medida la audición/casting que le hacíamos a Gillan y Glover. Si pudiera volver atrás, lo hablaría cara a cara con Rod y Nicky en vez de dejarlo en manos del management, pero en esta profesión la gente es constantemente despedida, és la naturaleza del juego”. Esto sería la primera publicación de la conocida como Mark II (segunda formación), la segunda se basaría más en una apuesta.

Jon Lord tenía ganas y talento para crear una pieza orquestal y le dijo al resto de la banda que antes de dar el paso definitivo al hard rock, quería poder hacer con ellos ese tipo de composición. ¿La apuesta? Si tras hacer ese concierto la formación estaba convencida con el estilo orquestal, tirarían por esa forma de música, si no, Lord aceptaría de buena gana seguir con la idea inicial. Con ese pacto acordado, graban en septiembre de 1969 Concerto for Group and Orchestra con la Royal Philarmonic Orchestra. Este ejercicio musical compuesto por Lord y con letras de Ian Gillan, resultaría satisfactorio y aunque no tendría continuidad, el tecladista se sentía con energías para afrontar la ahora si metamorfosis completa.

sábado, 23 de mayo de 2020

Crítica: Black Sabbath de Black Sabbath (1970)

En la carrera de historia del arte aprendí que los pasos entre el mundo antiguo y medieval o entre la era del Renacimiento y el Barroco a nivel artístico, no eran algo brusco ni que se pudiera fechar en un año concreto. La gente no se iba a dormir el 31 de diciembre de 1491 diciendo “¡Somos del medievo!” y se despertaba el 1 de enero de 1492 celebrando que eran gente de la Edad Moderna. Los cambios o innovaciones culturales son un elemento que entra como una niebla, afecta a una parte de la población mientras otra aún conserva formas del pasado. 


Esta niebla sutilmente va empapando a la gente de la época hasta que todo el mundo ha hecho el tránsito y paralelamente nos encontrariamos a gente que ya está creando una nueva niebla, una nueva era. Esa acostumbra a ser la norma general, pero ¿qué ocurre cuando te encuentras con un grupo de gente que de manera concreta precipitó la formación de un estilo? Pues que para los que nos dedicamos a historiar el arte es un privilegio que merece la pena difundir y que pocas veces se ve. Esta ocasión es más especial si celebramos el 50 aniversario del disco que abrió de forma rotunda ese estilo o género, el Heavy Metal.


Por los alrededores de 1970…


Mucho debate hay abierto por parte de los amantes del género sobre que bandas o músicos influyeron al surgimiento del sonido y tono de la obra que analizaremos. Primeramente, con el endurecimiento del sonido del rock (incluyendo el rock and roll) y el blues con bandas como Led Zeppelin, Cream o Jimi Hendrix Experience o canciones individuales como Summertime Blues de Blue Cheer (1968), Helter Skelter de The Beatles (1968), 21st Century Schizoid Man de King Crimson (1969) o You Really Got Me de The Kinks que se remonta a 1964. 


Este nuevo ecosistema con un sonido más potente y distorsionado influyó fuertemente a un conjunto de bandas que viraron a ese sonido y le sumaron sus propias influencias: Deep Purple (que en 1970 cristalizó su transformación al hard rock), Uriah Heep (con su fantástica mezcla de hard rock, toques del primigenio heavy metal y rock progresivo), la banda alemana Lucifer’s Friend (desafortunadamente más desconocida, pero con una técnica y estilo impresionantes, sabiendo amalgamar lo mejor del rock duro, el heavy y progresivo).

Bill Ward, Tony Iommi, Ozzy Osbourne y Geezer Butler: unos genios

Pero de todas las bandas del momento, la que tomó un sonido más peculiar o nuevo fué Black Sabbath, que en febrero de ese año 70 presentaría su disco homónimo generando admiración y rechazo a partes iguales. Sus raíces eran del blues rock, siendo dos de sus integrantes, Tony Iommi (guitarrista) y Bill Ward (batería) dos músicos que venían de una banda de este estilo llamada Mythology. Pero su temática era más mistérica, tenebrosa y ligada por momentos al terror, debido a que Iommi y Geezer Butler (bajista) eran grandes fans del cine de terror, entre los films, Black Sabbath de Mario Bava con el actor Boris Karloff (1963).

lunes, 18 de mayo de 2020

Crítica: Rising de Rainbow (1976)

En 1976 alguien tan talentoso como el cantante Ronnie James Dio podía darse con un canto en los dientes de haber sido descubierto por el genio y figura Ritchie Blackmore, el hombre de negro y ex guitarrista de Deep Purple. Con el éxito del debut de Rainbow, Ritchie Blackmore’s Rainbow (1975), la sociedad entre Dio y Blackmore parecía una destinada grandes cosas. Eso sí, los otros miembros heredados de la anterior banda de Dio, Elf, fueron despedidos por Blackmore buscando unos músicos más flamantes a nivel técnico. 


Cozy Powell (batería), Jimmy Bain (bajo) y Tony Carey (teclados) acababan de formar un dream team modélico que en aquel momento eran como jugadores jóvenes de fútbol que en unos pocos años estarían diseminados por algunos de los mejores equipos europeos. Pero por aquel entonces motivados por el proyecto entre manos, se pusieron bajo el a veces tiránico mandato de Blackmore. La banda tuvo tiempo a conocerse bien durante la gira del disco de 1975 antes de ponerse con el álbum que aquí tratamos.


A nivel de composición las ideas venían de la dupla Dio/Blackmore con algún input puntual de Cozy Powell. En tres semanas en el Musicland Studios de Munich se ventilaron la composición y grabación del disco con el gran productor Martin Birch, que ya había trabajado con ellos, con Deep Purple y que por añadirle más miga, luego sería productor de Black Sabbath o Iron Maiden. Sumadle a que según Blackmore y Dio, por aquel entonces en esos estudios rondaba gente como Elton John, Queen o Giorgio Moroder, la flor y nata del momento. ¡Vaya época para estar vivo!

En orden: Tony Carey, Ritchie Blackmore, Jimmy Bain, Cozy Powell y Dio


martes, 6 de diciembre de 2016

Crítica: Hardwired...to Self-Destruct de Metallica (2016)

Ha pasado ya tanto tiempo desde la última vez que viví la sensación que se tiene al publicarse un disco de Metallica, que básicamente creía que este proceso de creación del décimo disco de su carrera se postergaría hasta el infinito. Pero al final las dudas, más que las súplicas de los fans han hecho que la banda de un paso al frente con este disco que se ha preparado en estudio entre los años 2015 y 2016. Claro, Beyond Magnetic (2011) servía como una forma de aperitivo para aquellos seguidores de Metallica más impacientes por algo nuevo; pero siendo claros, esa obra estaba formada por descartes (algunos de muy notable calidad) de Death Magnetic (2008), aquella obra que se suponía que nos tenía que devolver a los estándares de calidad de los cinco primeros discos. Esa promesa ideal fue incumplida, pero por lo menos entregaron un disco digno de recuperar nuestra confianza y esperar que en la siguiente ocasión se reafirmara aún más este ascenso y se dejara atrás la desastrosa producción de Rick Rubin.

Me voy a ahorrar decir todo aquello con lo que han estado ocupados durante estos años sin publicar un disco de estudio ya que sacando mi vena más dura, considero que eran en mayor o menor medida pérdidas de tiempo que les alejaban de aquello que les tocaba: publicar discos con los que fueran llevando por una buena senda. Ahora en 2016 y en el mismo lapso de tiempo otras bandas del mundillo metal y más concretamente thrash, han tenido y aprovechado mejor su llama creativa: Megadeth sacando por lo menos dos discos de una calidad muy alta como Endgame (2009) y Dystopia (2016) entre otros un pelín menos acertada; Testament con The Formation of Damnation (2008), Dark Roots of Earth (2012) o su nuevo Brotherhood of the Snake (2016), han demostrado ser un ejemplo del buen hacer de la vieja guardia, y aún podríamos añadir a Overkill o Kreator en la ecuación. Si habláramos ya de las bandas nuevas como Vektor o Vader por poner dos ejemplos, la banda de Hetfield y Ulrich se queda en pañales entonces.


domingo, 9 de octubre de 2016

Crítica: Screaming for Vengeance de Judas Priest (1982)

Hay momentos clave en las carreras de los grandes artistas de nuestra historia, momentos que determinan su evolución a nivel creativo y muchas veces al mismo tiempo, su cambio de reputación, sea para mejor o peor. En la carrera de Judas Priest, una banda tan talentosa y crucial dentro del mundo del heavy, casi cualquier disco que sacaban entre finales de los 70 y a lo largo de los 80 era una piedra de toque que merecía tener en cuenta. Pero si queremos fijarnos en un disco que les trastocó su realidad a nivel internacional, sólo hace falta poner la mirada en Screaming for Vengeance.

Los años 80 fueron la era clásica de este género y claramente este fue uno de los discos culpables del aumento de popularidad del género. Si nos ponemos en contexto, podemos ver como por esa época ya se estaban consolidando casi todos los ingredientes distintivos de este periodo del metal: aparición de la Nueva Ola del Heavy Metal Británico (Iron Maiden, Saxon, Tygers of Pan Tang), clímax artístico del cantante Ronnie James Dio (Rainbow, Black Sabbath, Dio), Motörhead triunfa y ayuda a la aparición del posterior thrash junto a Venom o por poner un último ejemplo, el inicio de la carrera en solitario de Ozzy Osbourne (hacia 1980). Pero Judas que se había cargado orgullosamente la mochila del metal durante la segunda mitad de los 70 quería y merecía algo más que la popularidad que le habían dado discos como el excelso British Steel (1980) o el nada despreciable pero fallido intento de Point of Entry (1981).



Habían traído el cuero y las tachuelas al mundo del metal, habían hecho más contundente y metalizado el sonido del género y su frustración por no haber conseguido más reconocimiento con su disco anterior acercándose al hard rock (exigencias de la discográfica), les hizo más radicales respecto a como querían que fuera el sonido de la música que amaban. Por eso se metieron en el estudio que tenían en Ibiza y se pusieron a trabajar en un disco que buscaría los sonidos épicos por un lado y por otro tomar la esencia de los hits más pegadizos que habían hecho para insuflarle una energía renovada. Claro, digamos que para ellos su punto de referencia principal fue como dejaron el sonido en British Steel para dotarle de más contundencia. Pero no podemos negar que en Point of Entry ya se había empezado a mostrar el nuevo sonido de Judas con una canción tan increíble como Solar Angels

jueves, 15 de septiembre de 2016

Crítica: Don't Break the Oath de Mercyful Fate (1984)

Hay discos de metal de gran calidad que van saliendo constantemente, discos que siempre se nombran como referente de otras bandas posteriores o discos que suponen una evolución. Pero hay obras que a nivel personal de cada uno de nosotros, nos cambian nuestra forma de valorar la música. En mi caso, existe una banda que ha sabido crear en mi mente una referencia de lo que es la calidad con mayúsculas en el metal y es Mercyful Fate. Y es que no es por cualquier absurdo o banalidad que lo veo así, sino porque sus discos transmiten genialidad, variedad y trabajo duro por los cuatro costados. Sin duda, hay discos mejores y peores en su discografía pero ninguno de ellos sabe bajar de lo destacable en calidad. Desafortunadamente, no siempre la calidad repercute en el nivel de fama, ya que estos daneses han tenido un crecimiento de su fama muy paulatino a lo largo de las décadas y desde que en 1982 publicaran su primer, homónimo y excelente EP.

Su alineación principal, por lo menos la de la época de los 80 se puede considerar como un grupo de virtuosos, con un sonido muy particular, pero que eran en buena parte unos desconocidos. Primero, King Diamond (Kim Bendix Petersen), un cantante muy poco convencional y con unos tonos rudos y falsettos que lo elevan entre la flor y nata del mundo del metal. Diamond sería el artífice del aumento de popularidad de Mercyful incluso cuando la banda no estaba en circulación, a través de su carrera en "solitario". En segundo lugar, tenemos a la dupla de guitarristas que muchas de las bandas de metal clásico han tenido. En este caso Hank Shermann (René Krolmark) y Michael Denner, que demuestran ser dos artistas muy congeniados a nivel compositivo y que su distintiva sonoridad los elevarían como referentes del black metal. Timi "Grabber" Hansen era el bajista de la formación y dotaba de un enorme groove y empaque tanto guitarras como batería. Finalmente Kim Ruzz, baterista que con increíble buen gusto daba muy buena sincopa a la música. Muchos seguidores de la banda hacen referencia a una cierta perdida de la esencia de la banda cuando este artífice de los parches ya no estuvo entre las filas de la banda.

martes, 13 de septiembre de 2016

Crítica clásica: Load de Metallica (1996)

Se cumplen 20 años de uno de los discos más controvertidos de banda de metal alguna. Y es que la posición de Metallica dentro del género era tan relevante hasta ese momento, que cada movimiento que la banda hiciese discográficamente era tomado muy en serio por la comunidad musical. Si bien con el álbum Metallica o Black Album (1991) se ponía un broche de oro a la época más brillante de esta banda, al mismo tiempo, se estaba dando paso a una nueva sonoridad más apegada a los años 90. Bob Rock, productor del álbum de ventas multimillonarias empujó a la banda liderada por Hetfield y Ulrich a rebajar la velocidad y trabajar en la contundencia. Si el resultado son canciones de gran factura como: Enter Sandman, Sad But True, Wherever I May Roam o Of Wolf and Man; pues podemos dar el experimento por un innegable éxito.

Pero ¿que ocurre cuando te relajas en los laureles? Pues que puedes pasar de liderar un cambio a simplemente dejarte llevar por las tendencias o finalmente, trabajar a rebufo de las mismas. 5 años sin sacar un disco para una banda como Metallica tenía que pasar necesariamente factura y además si como dirían los ingleses, haces un "twist" muy grave en el sonido reconocible de la banda, se pierde un poco de identidad y al mismo tiempo, a mucha gente que le enamoró ese carácter tan frontal, contundente y feroz de los primeros discos de la banda. Aún con esas premisas, no se puede negar que estamos ante unos compositores de buen nivel y sobretodo gracias al mínimo de calidad y carácter que ofrece James Hetfield a sus melodías. Es por eso necesario entender las dos facetas que aguardan al oyente ante este disco, destinado a ser en principio una obra doble junto a su hermano Reload (1997).

viernes, 27 de mayo de 2016

Crítica clásica: Somewhere in Time de Iron Maiden (1986)

Tras un momento de gira larguísima, ligada a la publicación del disco Powerslave (1984), Iron Maiden necesitaba de un receso que le permitiera plantear el siguiente disco de estudio con el que se iban a enfrascar. Cabe decir que no todo el mundo andaba igual de inspirado para la composición del siguiente disco, por esa razón Adrian Smith (guitarrista) y Steve Harris (bajista) fueron los que más cargaron con la mochila del que iba a ser el Somewhere in Time (1986). Además, los tiempos se modernizaban y si Bruce Dickinson diría en una conversación con un fan que: "El metal jamás podría tener sintetizadores"; la cruda realidad se toparía con él a la hora de realizar este disco.

Dickinson no iba carente de ideas para el disco, el problema para el resto de compañeros de formación es que buscaba un giro de tuerca muy duro que los tenía que llevar a un estilo cercano a Jethro Tull. Pero si bien no pudo acabar de conectar compositivamente con el disco, si que este, tomaría una faceta realmente progresiva, como el propio Dickinson planteaba a través de melodías más acústicas. Aunque otras bandas ya habían trabajado en el metal progresivo (Black Sabbath o Mercyful Fate), el disco que tenemos entre manos logra tomar una sonoridad accesible, sin dejar de sonar avanguardista; original, sin dejar de ser el sonido conocido de Iron Maiden. Si vamos desgranando el disco en las próximas líneas, nos percataremos de ciertos elementos de evolución, que incluso la propia banda creo que no ha sabido dar suficiente valor.

domingo, 22 de mayo de 2016

Crítica clásica: Bark at the Moon de Ozzy Osbourne (1983)

1983 fue un año muy importante para el Heavy Metal. Todo un conjunto de bandas despuntaron sacando discos excelsos dentro de este género: Kill 'Em All de Metallica, Piece of Mind de Iron Maiden, Victims of the Future de Gary Moore, Melissa de Mercyful Fate, Balls to the Wall de Accept, Holy Diver de Dio o Show No Mercy de Slayer... además todos ellos clave para el crecimiento de diferentes corrientes en el mismo metal, ya sea el thrash, el black metal, el progressivo, el metal clásico o el que hoy veremos, el metal neoclásico. Para entender este tipo de metal, debemos hacer referencia a un importante compositor del rock duro que a través de su estilo, inspiró a toda una generación de guitarristas que aparecieron entre los 70 y los 80. Ese tenía que ser Ritchie Blackmore, guitarrista de Deep Purple y posteriormente de Rainbow. Su forma de tocar la guitarra se distinguía por ser académica pero arriesgada, clásica pero abierta a la experimentación, con escalas elegantes y acordes duros, de arreglos bonitos pero con disonancias intercaladas en sus canciones. Si Jimi Hendrix junto a Eric Clapton fueron la revolución en guitarras de los 60, considero que en los 70 son propiedad de Blackmore, Tony Iommi (Black Sabbath), Eddie Van Halen (Van Halen) y en una escala inferior y con plagios, Jimmy Page (Led Zeppelin).

En los 80, hubo gente que supo sacar los frutos de todo esto y como no, Ozzy Osbourne (ex cantante por entonces de Black Sabbath) también lo hizo. Dos discos al mercado como Blizzard of Ozz (1980) y Diary of a Madman (1981) con un guitarrista como Randy Rhoads, eran el mejor abrebocas para una década que iba a brillar muy intensamente en lo que a metal se refiere. Rhoads era como el pichichi del mejor equipo de fútbol legendario que uno se pudiera imaginar, pero en la guitarra. Técnica depurada, sonido caballeresco, espectacularidad y muchas ideas innovadoras que mezclaron potencia y velocidad con una música asequible para cualquier amante del rock duro. Pero para Randy Rhoads, el sueño terminó cuando en un accidente de helicoptero perdería la vida en 1982. Ozzy Osbourne se veía de nuevo en el pozo que fue a parar tras ser echado de Black Sabbath, pero Sharon Arden (si, la que luego sería su mujer), le dio un empujón de nuevo para que siguiera la gira con un guitarrista sustituto, que sería Brad Gillis (Night Ranger) y grabara Speak of the Devil (1982, disco en vivo) y ya encontrarían a un sustituto...

miércoles, 6 de abril de 2016

Crítica clásica: Core de Stone Temple Pilots (1992)

Hacia 1992 todo el movimiento del Grunge estaba en plena vigencia. El año 1991 había sucedido con algunos de los mayores éxitos de sus bandas, como el ineludible Nevermind de Nirvana, Ten de Pearl Jam o el descarnado Badmotorfinger de Soundgarden. Tres discos con tres visiones distintas sobre lo que era esta corriente de músicos mayoritariamente procedentes de Seattle (EEUU). Pero no todo tenía porqué nacer de la misma ciudad o zona para ser del Grunge, ya que la crítica que hoy dirigimos no se podía alejar más del epicentro. Tanto nos alejamos, que debemos ir del norte del país yanqui hasta el sur-oeste, por California. Por lo tanto, el Grunge lo debemos ver más que como la realidad de un sitio, como un momento del rock duro en el que se usó sus estilos (hard rock, metal y sus vertientes alternativas) para transmitir una filosofía de vida muy esceptica con el progreso del mundo, muy marginada de la visión idílica de la vida, aparentemente alejado del modus vivendi tan playero y feliz de bandas como Aerosmith o Van Halen, que básicamente vivían de un rock duro ligado al glam, a las baladitas, al desfase y a las groupies enganchadas a los tobillos.

En su momento inicial el Grunge (mediados y finales de los 80) pertenecía a un entorno más desaliñado, con glamour 0 y con drogas y sexo más mundanos. No negaremos que cuando se popularizó las condiciones "mejoraron" pero en ningún caso se puede hablar del mismo estatus, ni tampoco el mismo mimo en cuidar de sus estrellas. Actualmente tres figuras capitales de esa corriente han perecido: Kurt Cobain (Nirvana, 1994), Layne Staley (Alice in Chains, 2002) y finalmente el entonces cantante de la banda que nos ocupa Scott Weiland (2015). Digamos que estamos ante un grupo de bandas en los que la vida disfuncional y tropezar con la misma piedra fue y en parte es su sentencia. Eso si, como este blog trata de exponer mi valoración sobre arte, me voy a permitir hacer una afirmación tajante sobre este disco: Core, sin duda, es el disco que más me gusta del Grunge. Desde el primer segundo y en la primera escucha supo captar mi atención; y sin considerarlo perfecto, es una de esas razones por las que me mola tanto la música del año en que nací.

miércoles, 10 de febrero de 2016

Crítica: The Astonishing de Dream Theater (2016)

Hacer una obra de gran formato representa un trabajo muy intenso y largo con un artista. La implicación con la que debe tratar cada milímetro de su creación debe ser el adecuado para que el conjunto general brille, sea por ese gesto dramático de brazo en la escultura, ese adorno sutil en una balconada o el personaje pintado entre la muchedumbre de una guerra (no puedo evitar pensar en La Batalla de Tetuan del genial Mariá Fortuny). En la actualidad, también percibo artistas que les gusta ponerse cara a cara con un proyecto de gran magnitud y los que sois seguidores de este blog, sabréis que tengo predilección por unos virtuosos en concreto, Dream Theater. Y no es que sea un mero hecho de sonido la razón por la que me gusta esta banda; el hecho es que además puedo recorrer un largo catálogo de obras en las que virtuosismo e innovación/renovación han ido de la mano. Eso si, no puedo negar que ciertas de sus obras no me han logrado calar por una sensación extraña de falta de espiritu. Discos como Octavarium (2005), Systematic Chaos (2007) o A Dramatic Turn of Events (2011), aún con sus grandes luces, representaban a mi gusto un cierto tufo de virtuosismo sin suficiente focalización en que el disco tuviera ese "qué" especial, ese aura que los hiciera realmente únicos.

Por suerte en el último disco de la banda, llamado Dream Theater (2013) la cosa mejoró. Lo peculiar del disco es que recuperaba sonidos de diferentes puntos de la carrera de la banda, pero lo hacía de tal forma, que renovaba la fórmula y en definitiva, le daba un regusto fresco, potente y bello. Pero hace unos meses recibía la noticia del que es el disco que hoy analizamos y básicamente las cifras emocionaban a la vez que asustaban. 34 temas, más de 2 horas de música, un álbum conceptual a lo Metropolis Pt.2 (1999) y temática de ciencia (o casi) ficción situado en el 2258. Encima, un disco llamado The Astonishing (el asombroso), parecía advertir a los fans de algo ambicioso, brutal, virtuoso; vamos, casi de orgasmo. Entonces surgieron las dudas que me recordaron los discos menos sólidos (porqué es una banda que no ha sacado un disco malo) y pensé si nos encontraríamos con el enésimo intento de querer compensar vacíos de originalidad con montañas rusas de pretensión.

viernes, 5 de febrero de 2016

Crítica: Dystopia de Megadeth (2016)

Si hace poco estábamos repasando el legado del "ayer" de Megadeth, hoy nos toca poner atención al último disco recién salido de los caballeros de Dave Mustaine. Todo el mundo esperaba una gran mejora respecto a su antecesor, Super Collider (2013), ya que sin ser un bodrio absoluto, demostraba ser el enésimo intento fallido de Mustaine de realizar un disco comercial. Eso si y aunque poca gente se atreva a decirlo, había temas realmente rescatables como Off the Edge, Dance in the Rain o Beginning of Sorrow, que demostraban que incluso en horas bajas, las buenas ideas fluyen. Pero claro, la historia no terminó ahí ya que muchos fans viendo una especie de declive con la alineación actual (con Shawn Drover en la bateria y Chris Broderick en la guitarra), pedían el regreso de la alineación clásica que vimos en Rust in Peace. Según nos cuenta Mustaine, Drover y Broderick decidieron dejar la banda e irse a otro proyecto, viendo que un sector de los fans (la verdad, no me incluyo) los querían fuera. Entonces, en ese punto es cuando empieza la historia de Dystopia...

Poco antes que los ahora ex miembros de Megadeth marcharan, Mustaine ya estaba trabajando en nuevos riffs para el sucesor del disco de 2013. La idea, revitalizar a toda costa la monstruosa energía por la que era conocida su banda. Pero con la marcha de los dos miembros, el trabajo de Mustaine y Ellefson se ralentizó un poco; empezaba una época de negociaciones con Marty Friedman y Nick Menza. La cosa no dio frutos, por lo tanto no había opción de tener de regreso la mitológica alineación clásica. A titulo personal, hubiera sido interesante, pero igual que la reunión parcial de Guns N' Roses que se está dando actualmente, no aseguraba nada. Cuando pones sangre nueva y fans enfervorecidos de nuevo y gran material, es cuando de verdad las cosas se ponen interesantes... Y ¡vaya dos fans! Chris Adler (Lamb of God) y Kiko Loureiro (Angra), son el claro ejemplo de los músicos que crecieron con Megadeth y que tienen una visión de la banda, que al entrar en ella, querían cumplir.

martes, 26 de enero de 2016

Crítica clásica: Rust in Peace de Megadeth (1990)

Con la salida a la venta del nuevo disco, Dystopia (2016), des de la Jukebox nos vemos con ganas de rememorar el que es el mayor pico creativo de esta banda para poner luego en perspectiva la calidad de los discos que analizaremos de Megadeth. Evidentemente, la semana que viene haremos la crítica del material nuevo, pero todo llegará, hoy es dia de "corroerse en paz". Y aunque muchos ya habréis percibido por vuestros propios oídos lo que hace destacar tanto esta creación thrash, los más desconocedores o los más exigentes pediréis que razone eso como hago siempre, profundizando en las canciones, en sus letras y en su poder. Pero sin duda, eso necesita antes una buena presentación en contexto sobre lo que vivía la banda de Dave Mustaine (y en gran medida Dave Ellefson) por aquel entonces.

Hacia 1988 la banda iba escalando en el éxito tras ser añadida en el tour del Monsters of Rock y con la publicación de So Far, So Good... So What (1988) que aunque no llegaba a las cotas de Peace Sells (1986), seguía ampliando el sello de la banda. Pero ciertamente en el seno de la banda, lo que se puede calificar como estabilidad no había, ya que ni Dave Mustaine había logrado hacer una formación estable para la banda, ni Ellefson parecía andar por el camino correcto enfrascado en las drogas. Como esa situación se debía acabar y terminar con los conflictos entre Mustaine, Jeff Young (guitarrista solista) y Chuck Behler (baterista), este primero los echó y puso a Nick Menza en los parches (siendo este el técnico de batería de Behler) y hacia 1989, entró Marty Friedman, un guitarrista de gran virtuosismo, pero al que Mustaine obligó a cambiarse el peinado glam.

domingo, 16 de agosto de 2015

Crítica clásica: Metropolis Pt.2: Scenes from a Memory de Dream Theater (1999)

Atención: Esta crítica es más breve debido a que es material rescatado de mi anterior blog. Igualmente considero que era recomendable rescatarla, ya que ha sabido mantener mis impresiones sobre el disco. 

El rock progresivo es un estilo que murió para volver a resucitar. No sé si alguna vez os lo habían contado, pero tras The Wall (1979) de Pink Floyd y su espectacular y ruinosa gira ,como último gran exponente de la primera era del género, este cayó en desgracia tras algunos años de debilidad. Acarreado por el punk, la música disco y los excesos de todo tipo, tanto musicales (pirotecnia, desgaste de la fórmula musical, derivaciones comerciales...) como legales (drogas, delitos...) a finales de los 70 el rock progresivo dio su canto de cisne y acabó su primera era. En los 80, revivió renovado, más comercial con sintetizadores, con letras enormemente sentidas, el llamado neo progresivo.

Los precedentes inmediatos

El gran exponente fue Marillion, una banda inglesa que gracias a su poético cantante, Fish reviviría el progresivo con una nueva esencia y sabor rememorando un poco el sonido de Genesis de los 70. Así viviría y perduraría la segunda era del progresivo a lo largo de los 80, con su disco estandarte, Misplaced Childhood (1985) y que se prolonga hasta el disco Seasons End (1989), último disco de Marillion con su esencia clásica, aunque con un nuevo cantante, Steve Hogarth. Finales de los 80, una época en la que se empezó a gestar realmente la tercera era del progresivo, una era en la que se fusionaría con el heavy metal, que estaba en plena consolidación técnica y que da su primer paso firme con Seventh Son of a Seventh Son de Iron Maiden en 1988. Su gran banda, la que explotaría hasta la cúspide este nuevo periodo con su sonido no sería otra que Dream Theater y hoy toca dar un vistazo a la obra cumbre de esta tercera era del progresivo...


Crítica: Defensores de Proyecto Zeus (2013)

Hay bandas que desgraciadamente se quedaron en su época a un paso de llegar a la fama merecida y poder seguir con su trabajo creativo. El destino, aun así, es arbitrario y caprichoso, haciendo que grandes grupos pinchen por factores externos a ellos, falta de fe de las discográficas, poca aceptación en su entorno... Un muñón de las dos que hace la falta de fondos para poder hacer realidad un sueño. Zeus es un ejemplo perfecto de este hecho, de una banda que con calidad suficiente para convertirse en un mito musical en nuestras tierras, la falta de fe en ellos les hizo bajar del escenario tras sacar un debut muy prometedor llamado V en 1987. Pero 26 años después vuelven con su segundo álbum de estudio tras el nombre Proyecto Zeus en respeto a los viejos integrantes que no se han unido.La insignia original de Zeus era la de un heavy metal épico muy clásico, muy de vieja escuela con una cabalgada que sonaba a una mezcla entre Iron Maiden y Running Wild y les daba una música envidiable en su tiempo. Con los años digamos que la cosa ha cambiado y han regenerado su sonido hacia un heavy más musculoso sin perder el ingrediente que les da la salsa original, el cantante, Félix Bustillo.
Lo bueno es que aunque sus guitarras se han vuelto más gruesas , eso no significa que hayan perdido un ápice de gracia compositiva, tal vez porqué el disco es un mix entre canciones que en sus días de gloria no fueron publicados y otros que siendo actuales demuestran que queda mucha inspiración viva en esta reencarnación. Empezando por el conjunto de La Ira y Defensores del Rockambiente y música de batalla para abrir a lo grande.Los agudos a lo largo y ancho del disco están muy presentes, alguna vez hasta la saturación pero en otras vertebra las canciones. Como en Listo para Luchar que parece una canción sacada del mismo averno del que Judas Priest hizo Defenders of the Faith y Painkiller, con unas escalas absolutamente enfermizas colocadas de por medio. Han sido muchos años para oxidarse como banda, pero ni de coña. Y es que para este tema debemos remontarnos a 1983 (tal vez) de cuando se recuperan sus primeras grabaciones en televisión y que gran potencia demostraban por entonces.
Zeus - Listo para Luchar (En Vivo, 1980's)

sábado, 23 de mayo de 2015

Crítica clásica: Unbreakable de Scorpions (2004)

Cuando uno se despista del camino que ha seguido siempre y que le ha dado éxito para experimentar, es normal que si la cosa falla, se quiera volver al punto de origen. En esa tesitura hay bandas que se nota que parecen que vuelven más por la pela que porqué se vean realmente preparados. El mes que viene os hablaré del caso Death Magnetic (2008) de Metallica en el que os haré entender lo que es hacer música decente con el piloto automático puesto y que no acaba tocando la fibra sensible. En la parte buena, están esas bandas que se toman muy muy en serio lo de volver y pegan un buen puñetazo en la mesa en lo que se refiere a hacer música de calidad. Para mi gusto el disco que hoy veremos de Scorpions fue un regreso en toda regla a la música de alto voltaje, al lustroso estilo que tenían a principios de los 90.

No me adelantaré más en acontecimientos y os presentaré un poco el periodo que estamos viendo. La primera mitad de la década de los 2000 era un tiempo en el que las modas estaban situadas en el nu metal y en temas alternativos. Slipknot mandaba y se unían al carro bandas como Disturbed, Avenged Sevenfold y System of a Down; el stoner de Queens of the Stone Age, el prog de Mastodon, lo alternativo de The White Stripes o la explosión comercial de Rammstein. Muy modernos quedaban estos nombres frente a unos ya arcaicos Scorpions que ya contaban 39 años de carrera musical. A parte otras bandas iban a hacer regresos musicales ese año muy destacables como Megadeth y su The System Has Failed (2004) o Marillion con Marbles (2004). Finalmente las bandas consolidadas como Foo Fighters, Tool o Dream Theater estaban fundiendo su estilo con los colores del nuevo milenio.

No citaré más peña porqué he querido sintetizar un momento muy intenso musicalmente y en el que la industria estaba pegando cambios a paso agigantado per el nuevo sistema comercial que se estaba viendo pateado por la piratería. O eras lo mas pop de lo pop o el millón de copias ni lo olías. Se había acabado la época de las ventas ultramillonarias y todo el mundo lo sabía y las discográficas temblaban al son de Black Eyed Peas y Coldplay para que no decayera el chiringuito. Y ni hablemos de sacar disco cada año por parte de las bandas. Ni los músicos más reconocidos parecían dispuestos a eso, ni la industria musical ponía mucho empeño en ello. De nuevo ¿que Metallica me saca un disco de nu metal normalillo, tirando a malo y no me saca nada en 5 años? Naada, seguiremos viviendo del Black Album (1991), que no para de vender y si el experimento de turno, llámale St. Anger (2003) vende 6 millones de copias pues le dedicamos una conga al disco.

Y ¿que era de los Scorps a principios de milenio? Pues digamos que estaban en un punto un tanto crítico después de haber sacado al mercado Eye II Eye (1999) y ver como algo en su fórmula no funcionaba. Se habían querido meter demasiado en las nuevas tendencias sin prestar atención al tipo de música que ellos saben hacer, ya que aunque no habían sacado un despropósito, esto no pegaba ni con cola industrial en su legendaria discografía. A la vez, ya no se tomaban con ninguna prisa el hacer un sucesor o sea que tal vez entraron en la nueva década (y milenio) con demasiadas dudas sobre el rumbo que estaban tomanso. Pero en 2003 un inesperado giro de los acontecimientos alejó a Ralph Rieckermann de la banda y hizo entrar a Pawel Maciwoda como bajista. Así se empezó a componer el que sería su siguiente álbum, el decimoquinto en su carrera.

martes, 28 de abril de 2015

Crítica clásica: Pure Instinct de Scorpions (1996)

Según que bandas tienen la suerte que los denominados "discos malos" de su carrera, terminan por ser simplemente los menos buenos. Pero no por ello dejan de ser trabajos con material decente para engrosar el catálogo de los artistas y hasta curiosamente lo peor de estas bandas llega a ser lo mejor que podría sacar alguna banda mediocre. Estos Scorpions que podían sacar discazos como Taken by Force (1977), Love at First Sting (1984) o Crazy World (1990), también podían elegantemente tropezar igual que cualquier otro ser humano con alguna piedra en el camino. Pero repito, tropezaron elegantemente.

En el caso de los alemanes que ya conocemos sobradamente su piedra digamos que fue el repetirse, el aprovechar demasiado el tirón, el hecho de estancarse sin renovar. Y aclaremos la papeleta amigos, uno puede quedarse parado en un sonido y generar música de calidad y vivirlo a tope y sin hacer una obra maestra, firmar un disco ciertamente divertido. Algo así si lo recordais paso con AC/DC y su disco Flick of the Switch (1983), que no renovaba y encima retrocedía en el sonido crudo de los 70, pero no dejaba de ser un disco ciertamente notable porque era primitivo, impulsivo y con grandes ideas. Pues con Scorpions digamos que pasó lo mismo durante los años 90, podían grabar canciones con potencial y garra que te hacían disfrutar el disco, pero claramente ya no era ningún impacto para el oyente habitual de la banda.

Ya os dije en la anterior entrega que con Crazy World (1990) firmaban su último disco clásico, el último que realmente podía decir con todas las de la ley que pulía su sonido y los elevaba al máximo estrellato. Las giras lo petaban, pero su siguiente movimiento discográfico tardaría 3 años y se apodaría Face the Heat (1993) y saltaron las dudas. Particularmente me parece un disco muy contundente, con un sonido muy moderno y ligado a esas guitarras espectaculares de bandas como Guns N' Roses, lo que pasa es que le faltaba un poco el brillo del disco anterior. Aunque todo rodaba a buen nivel, nada sonaba a clásico inmediato y parte de la crítica se ensañó con ellos. Era cuestión de gustos y aunque el anterior disco parecía aceptable, este disco a orejas de muchos puristas era simplemente demasiado y demasiado frío.

sábado, 18 de abril de 2015

Crítica clásica: Sabbath Bloody Sabbath de Black Sabbath (1973)

Un buen riff es la base de una canción rock y sobretodo, es el distintivo de una canción de heavy metal. Hay grandes riffs inolvidables y ya muy típicos que a día de hoy son tarareados como la cosa más guay del mundo y son las cosas más interpretadas por todo principiante que se hace con una guitarra. Un ejemplo, es Smoke on the Water (1972). Cuantas veces hemos visto a algún tipo echarse la patillada con este riff como si fuera el nuevo grand master supreme guitar hero, sin tan si quiera saber quien coño es Ritchie Blackmore (guitarrista de Deep Purple y Rainbow).

En mi caso, siempre he sido muy prolijo a los riffs de Tony Iommi, ya que de él emergió toda una serie de composiciónes con carácter y muy buen gusto que condujeron el heavy metal desde su creación hasta su primer gran momento de gloria. Particularmente, creo que el escalafón más grande se encuentra en las obras que hicieron Iommi, Geezer Butler, Ozzy Osbourne y Bill Ward en 1973 y 1975. Sabbath Bloody Sabbath (1973) y Sabotage (1975) son a mi parecer dos piedras angulares con las que se aprendería a tallar grandes discos de metal en los siguientes 15 años. Pero hoy nos quedaremos en la primera de estas entregas, porqué siempre me ha tenido enamorado su musicalidad, el ir más allá de 4 acordes y empezar a hacer riffs melódicos pero muy contundentes y satisfactorios.

Bien, pongámonos en situación, Sabbath en 1973 ya había sacado 4 discos de estudio de gran nivel que sirvieron para ir tallando el género con un nivel de excelencia poco discutible. Pero Iommi tal vez estaba un poco desgastado de implicarse tanto en los discos y no obtener el éxito soñado. Si, básicamente se podían tirar el santo día dándole a las drogas y disfrutando de un estatus de fama muy respetable, tenían para sus caprichos pero como artistas buscaban más que comodidades. Os pondré una imagen para que os hagáis una idea bastante curiosa sobre sus seguidores, en Estados Unidos habían consolidado una legión más o menos estable de 500.000 fans que compraban sus discos el año de su salida, pero tenían que esperar más o menos una generación para que ese mismo disco llegara al millón de ventas (10 años). Por decirlo de alguna forma, Sabbath era una banda realmente solvente pero marginal en el mercado. Pero alguien se uniría a la fiesta...

viernes, 10 de abril de 2015

Crítica clásica: Crazy World de Scorpions (1990)

Las personas tendemos a clasificar la vida de la gente y sobretodo la de los artistas por etapas: la de formación, la de evolución del estilo, la de consolidación, la decaída... tal vez alguna remontada y finalmente el retiro. Si ponemos la vista atrás hacia 1990, Scorpions estaba en un momento bastante dulce de su carrera musical, discos bien consolidados en los 80, un buen número de ventas, conciertos de gran formato. Dentro de lo que cabe (que es mucho) estos alemanes que habían ascendido poco a poco los escalones de la fama ya estaban arriba disfrutando de las vistas.

Su anterior disco, Savage Amusement (1988) se había colocado entre las 5 primeras posiciones en un Estados Unidos en el que Michael Jackson se estaba comiendo con patatas cualquier intento de despuntar más allá del número 2. Encima estamos hablando de unos alemanes, con lo cerraos que a veces son los estadounidenses, la cosa ya era muy loable. Entonces ¿que faltaba? Pues vender un poco más, que el mercado aún lo permitía. Pero siendo bien pensado, me imagino que lo que les movía era el hacer música y seguirse descubriendo como músicos 25 años después de su formación como banda. Por eso a finales de 1989 empezarían a trabajar en nuevos temas y con la nueva década los grabaron.

La formación seguía siendo la clásica con Klaus Meine entregando sus cuerdas vocales a la causa, Rudolf Schenker y Matthias Jabs componiendo y dándole a las seis cuerdas, Francis Bucholz en las cuatro cuerdas del bajo y Herman Rarebell tras los parches y componiendo. Lo único que cambiaba era el productor, ya que Dieter Dierks era reemplazado por Keith Olsen, que había intervenido en discos de Heart, Whitesnake, Ozzy Osbourne o en bandas sonoras muy exitosas como Flashdance o Footloose. Con ese cambio tal vez buscaban llegar al nivel de Aerosmith en producción y lograr enganchar más a un público que ya de por si era amplio. ¿Y porqué Aerosmith? Porqué con su disco Pump (1989) habían logrado colarse en el número 5 de las listas americanas y el 3 de las inglesas, vendiendo entre 8 y 9 millones de copias gracias a la mano divina que les había resucitado.

Otro tema a parte es lo de las baladitas ¡válgame! Con Aerosmith y Guns N' Roses las baladas rock estaban muy de moda y adivinad quien era cojonudo haciendo baladas, Scorpions. Entonces tenemos las cosas claras, para triunfar en aquellos tiempos con un disco de hard rock se tenía que ser rebelde, divertido, baladero, tener una producción muy límpia, ser épico hasta que te planten una estatua, saber ser pegadizo, tener una buena promoción, pensar más como un estratega que como un músico, hacer postureo en los programas de la tele,.. Scorpions tenían muchas de esas cosas en su mano, pero siempre he pensado que como músicos han sido más naturales y se han adaptado a cada época con los recursos que ellos mismos tenían, el mayor, su talento.

Scorpions, como siempre, preparados para la acción

miércoles, 1 de abril de 2015

Crítica: War of Kings de Europe (2015)

Hace casi dos años pude asistir a un estupendo concierto con la presencia de Def Leppard, Whitesnake y Europe. Mientras los primeros vivían de joyas del pasado, Whitesnake y sobretodo Europe, parecía que querían dar un paso en frente y decir: ¡A día de hoy también hacemos grandes canciones! Y dentro de lo que cabe no mentían. Pero es que se ha de admitir que esta banda que se la ha conocido por el hit de turno... ¡It's the Finaaaal...! (vale, vale, paro), siempre he pensado que tienen más música que no se le reivindica.

Digamos que esta banda tubo en su momento un debut muy parejo a Metallica, en el mismísimo 1983. Su álbum homonimo era una muestra de heavy y hasta speed metal que con canciones como Seven Doors Hotel aún me sabe levantar los pelos de la nuca y es que realmente estamos ante una banda de calidad. Con discos como Wings of Tomorrow (1984) o The Final Countdown (1986) se llevaron de calle los años 80, eso si tirando el timón hacia el glam metal. Pero fijaos que caprichosa es la vida que cuando en 1990 empezarían a grabar Prisoners in Paradise, un disco bastante bueno y muy parejo a lo que hacía Def Leppard, adivinad quien les dejaría tirados para el proyecto de grabar el disco para irse con Metallica, Bob Rock.

La mala suerte que hubo con el disco y que formaba parte de un movimiento básicamente caduco como el glam no lo salvo ni lo bueno que fuera el material. Europe durante algo así como 13 años vivió un poco de las rendas y los greatest hits, pero en 2004 redescubrieron que eran y son buenos músicos. Así empieza la actual etapa de la banda, con Start from the Dark (2004) cuando decidieron que querían empezar como una banda nueva, no como un espiritu venido de los 80. Le echaron pelotas al asunto y volvieron dignamente, cosa que les animó un par de años después a sacar Secret Society (2006) que demostraba que estaban en un buen estado de forma y que la formación de Joey Tempesta (cantante) merecía tirar adelante con un sonido más hard rockero.


Last Look of Eden (2009) y Bag of Bones (2012), han sabido mantener la mirada de los fans del rock duro en ellos. Y es que es de justicia que mantuvieran su estatus con una década que realmente han dedicado al trabajo musical y a mostrar que tienen guerra por dar. Por esa razón al ver anunciado el nuevo disco de la banda y ver la portada dije: ¡Coño! Esto parece una portada de es esas que se hacían en los 70 y 80 y me quedé muy expectante de lo que podría venir en su interior. A la vez, tengo un poco de emoción por saber si esta nueva etapa sigue en vigor y Europe puede decir con todas las de la ley que vuelve a brillar una estrella para ellos más allá de ¡....Countdooowwn! (ok, ara si que paro)