Y es que antes o después, un buen artista tiene que bajar del barco de los sueños para toparse con el sendero de la realidad. En ese acto Steve Hogarth, cantante y tecladista de la banda se ha encarado con una realidad muy distinta a lo que es él: un hombre jovial, creativo y de incansable búsqueda de la felicidad ante un mundo en profunda crisis. Por eso, de un disco doble como Happiness is the Road (2008), lleno de pasajes ambientales y con un resultado a ratos insípido o desigual, se pasó a un disco como Sounds That Can't Be Made (2012), algo más gris en su ánimo pero lleno de momentos de muy alto valor como Gaza (esa conexión con la realidad y sus guerras), Sounds That Can't Be Made, Montreal o The Sky Above the Rain. Pero esta vez las ambiciones han subido para confeccionar un disco muy enfocado, sincero y por ende, pesimista...
Mostrando entradas con la etiqueta Progresivo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Progresivo. Mostrar todas las entradas
miércoles, 14 de diciembre de 2016
Crítica: Fuck Everyone and Run (F E A R) de Marillion (2016)
Hay discos que necesitan una profunda digestión en mi mente y corazón para que pueda decir algo suficientemente coherente sobre ellos. Sobre todo aquellos que contienen una gran complejidad en sus formas y su mensaje, como es el caso del nuevo disco de Marillion. Esta banda en sus mejores épocas ha tenido unas composiciones que aún complejas, estaban dotadas de una magia que las hacía bastante más accesibles o de fácil asimilación que algunas de sus obras más tardías. En este blog, ya hemos visto algunos de sus frutos de talentosa juventud como Misplaced Childhood (1985), Clutching at Straws (1987) o Seasons End (1989); obras de aspecto colorista y muy atadas a su década que luego evolucionarían a una aparente sobriedad que en realidad nos guardaría tres grandes obras más: Holidays in Eden (1991), Brave (1994) y Afraid of Sunlight (1995). El disco que tenemos hoy bajo la lupa, en realidad guarda una relación bastante grande con estas grandes obras de los 90, tanto a nivel sonoro, como en la riqueza de su reflexión/mensaje.
Y es que antes o después, un buen artista tiene que bajar del barco de los sueños para toparse con el sendero de la realidad. En ese acto Steve Hogarth, cantante y tecladista de la banda se ha encarado con una realidad muy distinta a lo que es él: un hombre jovial, creativo y de incansable búsqueda de la felicidad ante un mundo en profunda crisis. Por eso, de un disco doble como Happiness is the Road (2008), lleno de pasajes ambientales y con un resultado a ratos insípido o desigual, se pasó a un disco como Sounds That Can't Be Made (2012), algo más gris en su ánimo pero lleno de momentos de muy alto valor como Gaza (esa conexión con la realidad y sus guerras), Sounds That Can't Be Made, Montreal o The Sky Above the Rain. Pero esta vez las ambiciones han subido para confeccionar un disco muy enfocado, sincero y por ende, pesimista...
Y es que antes o después, un buen artista tiene que bajar del barco de los sueños para toparse con el sendero de la realidad. En ese acto Steve Hogarth, cantante y tecladista de la banda se ha encarado con una realidad muy distinta a lo que es él: un hombre jovial, creativo y de incansable búsqueda de la felicidad ante un mundo en profunda crisis. Por eso, de un disco doble como Happiness is the Road (2008), lleno de pasajes ambientales y con un resultado a ratos insípido o desigual, se pasó a un disco como Sounds That Can't Be Made (2012), algo más gris en su ánimo pero lleno de momentos de muy alto valor como Gaza (esa conexión con la realidad y sus guerras), Sounds That Can't Be Made, Montreal o The Sky Above the Rain. Pero esta vez las ambiciones han subido para confeccionar un disco muy enfocado, sincero y por ende, pesimista...
domingo, 2 de octubre de 2016
Crítica: Meddle de Pink Floyd (1971)
A veces con los amigos surgen oportunidades fantásticas para rememorar discos que de corazón nos parecen buenos. Aprovechando esas ocasiones, mientras ponemos la oreja atenta a la buena música pues cogemos nuestra calculadora del móvil y puntuamos juntos. Pero no por cualquier cosa nos animamos, sino porque con la feria del vinilo de Barcelona y con unos forofos con nosotros, cualquier reliquia encontrada en ella luego pasa la prueba del algodón. Tal vez la crítica que tomamos con más ilusión y conocimiento de causa fue la de este disco, Meddle. Y es que aún me regocijo al ver este logo tan chocolatástico que pone "The Pink Floyd" con un acto de solemnidad muy típico de las ediciones en vinilo españolas, en una portada que básicamente muestra una concha de oreja inclinada y ampliada para que parezca un motivo abstracto. Maravilloso.
Pero este disco no sólo me hace pensar en un sencillo pero inolvidable rato con mis amigos, sino que al mismo tiempo lo relaciono con un momento trascendental de una de las mejores bandas de la historia. Para ser precisos, el momento en el que (como hablaba con mis nocturnos acompañantes) la banda acabó de perfeccionar su sonido y estilo distintivo. Si miramos justo a sus precedentes, a Atom Heart Mother (1970), ya nos encontramos a la banda sacando en la suite de ese disco la base del sonido del Floyd de los años 70, configurando una obra notable y sólida pero no tan sorprendente como sus obras mayores. Eso si, en enero de 1971 empezarían a trabajar en un proyecto que les llevaría unos 8 meses y que les haría trabajar a fondo en una obra con unas aspiraciones mucho más altas. Al llegar octubre de 1971, salía a la venta este disco mostrando una banda cambiada, sorprendente, madura...
Pero este disco no sólo me hace pensar en un sencillo pero inolvidable rato con mis amigos, sino que al mismo tiempo lo relaciono con un momento trascendental de una de las mejores bandas de la historia. Para ser precisos, el momento en el que (como hablaba con mis nocturnos acompañantes) la banda acabó de perfeccionar su sonido y estilo distintivo. Si miramos justo a sus precedentes, a Atom Heart Mother (1970), ya nos encontramos a la banda sacando en la suite de ese disco la base del sonido del Floyd de los años 70, configurando una obra notable y sólida pero no tan sorprendente como sus obras mayores. Eso si, en enero de 1971 empezarían a trabajar en un proyecto que les llevaría unos 8 meses y que les haría trabajar a fondo en una obra con unas aspiraciones mucho más altas. Al llegar octubre de 1971, salía a la venta este disco mostrando una banda cambiada, sorprendente, madura...
Y es que tengamos en cuenta que la carrera de la banda en el periodo que va después de la publicación de su primer disco y en realidad primera gran obra, The Piper at the Gates of Dawn (1967) y lo que hoy vemos había resultado ser una marea desigual en la que a ratos se sentían bien y a ratos salían sus miedos, intentando despegarse de la sobra del ya lejano Syd Barrett. Ese desapego iría llegando a medida que apartaban la psicodelia de su fórmula y pasaban a un estilo más simfónico. Igualmente, David Gilmour había implementado un estilo ligado al blues y folk que ayudaría a hacer la transición hacia la nueva banda que estaban destinados a ser. Era tiempo de experimentación y eso se puede ver con las canciones...
martes, 31 de mayo de 2016
Crítica clásica: Clutching at Straws de Marillion (1987)
Tras probar las mieles del éxito con su tercer álbum, Misplaced Childhood (1985) y hacer una gira que los consolidaría como banda; Marillion se puso manos a la obra con su siguiente disco. Pero fruto de vivir el momento, Fish (cantante) decidió enfocar su disco en uno de esos males que le frecuentaba, el alcohol. Por esa razón se dejaron atrás las evocaciones a la niñez y el primer amor, para entrar en las reflexiones de un hombre con una vida formada, pero que parecía que la mandaba al garete por sus traumas y adicciones. En la portada del disco, se nos hace referencia a diversos artistas que también sufrieron de este problema, pero al mismo tiempo, ciertos personajes que Fish tomaba como modelos de persona: Robert Bruns, Truman Capote, John Lennon, James Dean o Lenny Bruce. Una portada que supuso un trabajo muy importante para Mark Wilkinson (que haría portadas también de Judas Priest o Iron Maiden) y que no pudo resolver como él deseaba.
Y es que me genera curiosidad como un disco de tal calibre, nació de un ambiente de tal insatisfacción, de trabajo a medias y con el tiempo, de despedida. Pero sin adelantarnos a los acontecimientos, nos centramos en el hecho de que Marillion, la banda de música progresiva más importante de los 80 estaba sacando su "cuarta opus" y las expectativas estaban muy altas. Sólo un spoiler: No fallaron. Y es que los que amamos la música progresiva debemos entender que si bien en los 70 varias bandas cargaban el peso de este género, Marillion en los 80 se encontraba solo como abanderado y cada disco era crucial para conservar la relevancia del mismo. Existían otras bandas como Pendragon sacando obras estupendas como The Jewel (1985), Rush seguía teniendo matices progresivos, pero con Hold Your Fire (1987) estaban más enfrascados en crear música rockera pero accesible. Queensrÿche y Maiden estaban poniendo la semilla del progresivo de la siguiente década, pero de nuevo, Marillion era quien aseguraba el "presente" de esta música en los años 80.
Y es que me genera curiosidad como un disco de tal calibre, nació de un ambiente de tal insatisfacción, de trabajo a medias y con el tiempo, de despedida. Pero sin adelantarnos a los acontecimientos, nos centramos en el hecho de que Marillion, la banda de música progresiva más importante de los 80 estaba sacando su "cuarta opus" y las expectativas estaban muy altas. Sólo un spoiler: No fallaron. Y es que los que amamos la música progresiva debemos entender que si bien en los 70 varias bandas cargaban el peso de este género, Marillion en los 80 se encontraba solo como abanderado y cada disco era crucial para conservar la relevancia del mismo. Existían otras bandas como Pendragon sacando obras estupendas como The Jewel (1985), Rush seguía teniendo matices progresivos, pero con Hold Your Fire (1987) estaban más enfrascados en crear música rockera pero accesible. Queensrÿche y Maiden estaban poniendo la semilla del progresivo de la siguiente década, pero de nuevo, Marillion era quien aseguraba el "presente" de esta música en los años 80.
domingo, 29 de mayo de 2016
Crítica clásica: Breakfast in America de Supertramp (1979)
El corazón me sigue dando un bote en cada ocasión que le dedico un poco de tiempo a este disco. Breakfast in America, podría decir que ha formado parte de la banda sonora de mi vida y guardo una relación muy especial con él, como ese hombro en el que apoyarme cuando necesito vitaminas de las más efectivas. Pero sería estúpido pensar que soy el único de estos lares que ha vivido grandes experiencias junto a estos poco más de tres cuartos de hora de música, por eso, hoy me quiero parar a analizar la calidad de su contenido y la enorme influencia de con seguridad, uno de los mejores discos que se concibieron en la década de los 70 y que paradójicamente venía a renovar el sonido de una época que en buena parte ya se estaba terminando. Hace más de un año, analizamos la última gran obra de esta banda, pero en esta ocasión dejaremos espacio a lo que fue la cúspide comercial de probablemente una de las mejores formaciones musicales de todos los tiempos.
Roger Hodgson y Rick Davies eran el motor de la banda y aunque claramente habían roces, decidieron compactarse como músicos para hacer florecer un nuevo disco, tras el estupendo Even in the Quietest Moments (1977). De alguna forma, este nuevo proyecto que en principio se tenia que llamar Hello Stranger!, debía servir como un disco donde canalizar musicalmente las formas diferentes de enfocar su realidad y las tensiones que existían entre los dos compositores. Pero a medida que la composición del disco avanzaba, Roger Hodgson quiso reconducir a Rick Davies a un lado un tanto más dulzón y pop, dentro de lo progresivas que eran sus composiciones. La banda tenía que ir convenciendo a Davies de que se enfocara en un sonido más pop, más divertido y asequible. Por el papel que jugaba en la banda, se puede entender que quien también daría un cierto apoyo a este sonido más alegre del disco, sería el John Helliwell (saxofonista) debido a su carácter alegre y en buena parte pacificador.
Roger Hodgson y Rick Davies eran el motor de la banda y aunque claramente habían roces, decidieron compactarse como músicos para hacer florecer un nuevo disco, tras el estupendo Even in the Quietest Moments (1977). De alguna forma, este nuevo proyecto que en principio se tenia que llamar Hello Stranger!, debía servir como un disco donde canalizar musicalmente las formas diferentes de enfocar su realidad y las tensiones que existían entre los dos compositores. Pero a medida que la composición del disco avanzaba, Roger Hodgson quiso reconducir a Rick Davies a un lado un tanto más dulzón y pop, dentro de lo progresivas que eran sus composiciones. La banda tenía que ir convenciendo a Davies de que se enfocara en un sonido más pop, más divertido y asequible. Por el papel que jugaba en la banda, se puede entender que quien también daría un cierto apoyo a este sonido más alegre del disco, sería el John Helliwell (saxofonista) debido a su carácter alegre y en buena parte pacificador.
miércoles, 10 de febrero de 2016
Crítica: The Astonishing de Dream Theater (2016)
Hacer una obra de gran formato representa un trabajo muy intenso y largo con un artista. La implicación con la que debe tratar cada milímetro de su creación debe ser el adecuado para que el conjunto general brille, sea por ese gesto dramático de brazo en la escultura, ese adorno sutil en una balconada o el personaje pintado entre la muchedumbre de una guerra (no puedo evitar pensar en La Batalla de Tetuan del genial Mariá Fortuny). En la actualidad, también percibo artistas que les gusta ponerse cara a cara con un proyecto de gran magnitud y los que sois seguidores de este blog, sabréis que tengo predilección por unos virtuosos en concreto, Dream Theater. Y no es que sea un mero hecho de sonido la razón por la que me gusta esta banda; el hecho es que además puedo recorrer un largo catálogo de obras en las que virtuosismo e innovación/renovación han ido de la mano. Eso si, no puedo negar que ciertas de sus obras no me han logrado calar por una sensación extraña de falta de espiritu. Discos como Octavarium (2005), Systematic Chaos (2007) o A Dramatic Turn of Events (2011), aún con sus grandes luces, representaban a mi gusto un cierto tufo de virtuosismo sin suficiente focalización en que el disco tuviera ese "qué" especial, ese aura que los hiciera realmente únicos.
Por suerte en el último disco de la banda, llamado Dream Theater (2013) la cosa mejoró. Lo peculiar del disco es que recuperaba sonidos de diferentes puntos de la carrera de la banda, pero lo hacía de tal forma, que renovaba la fórmula y en definitiva, le daba un regusto fresco, potente y bello. Pero hace unos meses recibía la noticia del que es el disco que hoy analizamos y básicamente las cifras emocionaban a la vez que asustaban. 34 temas, más de 2 horas de música, un álbum conceptual a lo Metropolis Pt.2 (1999) y temática de ciencia (o casi) ficción situado en el 2258. Encima, un disco llamado The Astonishing (el asombroso), parecía advertir a los fans de algo ambicioso, brutal, virtuoso; vamos, casi de orgasmo. Entonces surgieron las dudas que me recordaron los discos menos sólidos (porqué es una banda que no ha sacado un disco malo) y pensé si nos encontraríamos con el enésimo intento de querer compensar vacíos de originalidad con montañas rusas de pretensión.
Por suerte en el último disco de la banda, llamado Dream Theater (2013) la cosa mejoró. Lo peculiar del disco es que recuperaba sonidos de diferentes puntos de la carrera de la banda, pero lo hacía de tal forma, que renovaba la fórmula y en definitiva, le daba un regusto fresco, potente y bello. Pero hace unos meses recibía la noticia del que es el disco que hoy analizamos y básicamente las cifras emocionaban a la vez que asustaban. 34 temas, más de 2 horas de música, un álbum conceptual a lo Metropolis Pt.2 (1999) y temática de ciencia (o casi) ficción situado en el 2258. Encima, un disco llamado The Astonishing (el asombroso), parecía advertir a los fans de algo ambicioso, brutal, virtuoso; vamos, casi de orgasmo. Entonces surgieron las dudas que me recordaron los discos menos sólidos (porqué es una banda que no ha sacado un disco malo) y pensé si nos encontraríamos con el enésimo intento de querer compensar vacíos de originalidad con montañas rusas de pretensión.
domingo, 30 de agosto de 2015
Crítica: Valtari de Sigur Rós (2012)
En la actualidad, mucha de la música de moda en los entornos más alternativos es la música quietista, oscura, densa, reflexiva. A veces estas tendencias se unifican, a veces no. Pero cabe admitir que aunque en la anterior década el post-punk dominaba como sonido de los subsuelos y no tan subsuelos musicales, en los 2010's, hasta las bandas con una fuerte marca rítmica han decidido calmar su fórmula y volverse más reflexivos e introspectivos. Me valdré de dos de mis bandas favoritas actuales para exponerlo. Por un lado, Vampire Weekend ha apagado un poco ese nervio tribal que había tras su música pop en Modern Vampires of the City (2013); por el otro, Arctic Monkeys en AM (2013) también han optado por alejarse un pelín más del post-punk revival y acercarse a un rock clásico y elegante, que aunque a ratos tiene un poco de garbo, se quieren acercar más a un estilo elegante y poético, con mucho sex appeal. Pero este cambio en la música se llevaba preparando desde años atrás y de forma muy paulatina. Sigur Rós en los 90 fue una de las bandas en iniciar este sonido y Radiohead le daría mucho bombo y reconocimiento también por aquellas fechas, experimentando con la electrónica. Y por poner un ejemplo más, no me puedo dejar a los escoceses Mogwai, que también desde los 90 popularizarían este estilo, teniendo una mayor eclosión popular en los años 2000.
El sonido del que se conoce como post-rock, parece haber inundado el mercado y afectado a según que bandas y estilos con mayor o menor influencia, pero en definitiva, ha sabido intervenir en el mapa sonoro actual. Al igual que Björk ha sabido afectar a la música alternativa actual, debemos entender que la música nórdica (Suecia, Dinamarca, Escocia, Finlandia e Islandia) tanto en rock, pop y heavy ha hecho reescribir las reglas del juego para lo que es la música de calidad hoy. Pero es que poca broma, si echamos la vista atrás podríamos hasta hacer memoria de ABBA y percatarnos que en las que consideramos las tierras glaciales, tienen un corazón musical que bombea más intensamente de lo que aparentemente se hace creer desde ciertos ámbitos de la música comercial anglo-estadounidense. Entonces muchos os preguntareis ¿que narices es este post-rock que tanto está afectando a la música actual? Pues podríamos considerarlo un género musical en ciernes que se fundamenta en los arreglos sinfónicos y ambientales de su música y en el que la importancia de las letras es muy variable.
El sonido del que se conoce como post-rock, parece haber inundado el mercado y afectado a según que bandas y estilos con mayor o menor influencia, pero en definitiva, ha sabido intervenir en el mapa sonoro actual. Al igual que Björk ha sabido afectar a la música alternativa actual, debemos entender que la música nórdica (Suecia, Dinamarca, Escocia, Finlandia e Islandia) tanto en rock, pop y heavy ha hecho reescribir las reglas del juego para lo que es la música de calidad hoy. Pero es que poca broma, si echamos la vista atrás podríamos hasta hacer memoria de ABBA y percatarnos que en las que consideramos las tierras glaciales, tienen un corazón musical que bombea más intensamente de lo que aparentemente se hace creer desde ciertos ámbitos de la música comercial anglo-estadounidense. Entonces muchos os preguntareis ¿que narices es este post-rock que tanto está afectando a la música actual? Pues podríamos considerarlo un género musical en ciernes que se fundamenta en los arreglos sinfónicos y ambientales de su música y en el que la importancia de las letras es muy variable.
jueves, 20 de agosto de 2015
Crítica clásica: Ommadawn de Mike Oldfield (1975)
Atención: Esta crítica es más breve debido a que es material rescatado de mi anterior blog. Igualmente considero que era recomendable rescatarla, ya que ha sabido mantener mis impresiones sobre el disco.
Pongámonos a principios de los 70, un momento especial para la música y grandes nombres inundaron esos años con hard rock, heavy, funky, pop... Aunque por algun lado había un grupo de cabezas pensantes que decidió jugar con sus recursos musicales, experimentar, hacer algo diferente, evolucionar sus conceptos y hacer de la música además de un arte (que lo es indiscutiblemente), un ecosistema que haga emerger sentimientos y nos sumerja en mundos paralelos y porqué no decirlo en la mente de los propios músicos. Uno de estos cabezas pensantes, fue un joven inglés bastante introvertido y misterioso llamado Mike Oldfield.
En sus precedentes más immediatos, Oldfield había creado dos discos de enorme calado como son Tubular Bells (1973) (¿recordais la música del Exorcista?) y Hergest Ridge (1974) que lo habían alzado como un músico muy prometedor en la escena del rock progressivo. Pero el seguía queriendo crear poniendo un espacio entre su obra y su fama, ya que como otros casos que conocemos, le gustaba crear música pero no el bochorno de las entrevistas o la farandula musical. Con esas ideas y con sus demonios interiores se fue a grabar en 1975 el que sería su nuevo trabajo, en su casa en la bonita llanura de Hergest Ridge.
Desde el primer momento se escucha una tocata de estilo medievalista, como de corte de palacio y según Oldfield es una música que salía de si mismo por las influencias de la música tradicional de su tierra. Pero fijaos como con los segundos de escucha, la melodía se oscurece y se vuelve tétrica. Mezcla la calma y la tormenta, es como uno de esos día donde se ven nubes de lluvia y brilla el Sol. Es una sensación rara ya que te atemoriza primero y luego es como si viniera una brisa que soplara al lado de la oreja y de pronto todo es placidez. Me gusta interpretar eso como los altos y los bajos que siente emocionalmente una persona.
En sus precedentes más immediatos, Oldfield había creado dos discos de enorme calado como son Tubular Bells (1973) (¿recordais la música del Exorcista?) y Hergest Ridge (1974) que lo habían alzado como un músico muy prometedor en la escena del rock progressivo. Pero el seguía queriendo crear poniendo un espacio entre su obra y su fama, ya que como otros casos que conocemos, le gustaba crear música pero no el bochorno de las entrevistas o la farandula musical. Con esas ideas y con sus demonios interiores se fue a grabar en 1975 el que sería su nuevo trabajo, en su casa en la bonita llanura de Hergest Ridge.
Desde el primer momento se escucha una tocata de estilo medievalista, como de corte de palacio y según Oldfield es una música que salía de si mismo por las influencias de la música tradicional de su tierra. Pero fijaos como con los segundos de escucha, la melodía se oscurece y se vuelve tétrica. Mezcla la calma y la tormenta, es como uno de esos día donde se ven nubes de lluvia y brilla el Sol. Es una sensación rara ya que te atemoriza primero y luego es como si viniera una brisa que soplara al lado de la oreja y de pronto todo es placidez. Me gusta interpretar eso como los altos y los bajos que siente emocionalmente una persona.
domingo, 16 de agosto de 2015
Crítica clásica: Metropolis Pt.2: Scenes from a Memory de Dream Theater (1999)
Atención: Esta crítica es más breve debido a que es material rescatado de mi anterior blog. Igualmente considero que era recomendable rescatarla, ya que ha sabido mantener mis impresiones sobre el disco.
Los precedentes inmediatos
El gran exponente fue Marillion, una banda inglesa que gracias a su poético cantante, Fish reviviría el progresivo con una nueva esencia y sabor rememorando un poco el sonido de Genesis de los 70. Así viviría y perduraría la segunda era del progresivo a lo largo de los 80, con su disco estandarte, Misplaced Childhood (1985) y que se prolonga hasta el disco Seasons End (1989), último disco de Marillion con su esencia clásica, aunque con un nuevo cantante, Steve Hogarth. Finales de los 80, una época en la que se empezó a gestar realmente la tercera era del progresivo, una era en la que se fusionaría con el heavy metal, que estaba en plena consolidación técnica y que da su primer paso firme con Seventh Son of a Seventh Son de Iron Maiden en 1988. Su gran banda, la que explotaría hasta la cúspide este nuevo periodo con su sonido no sería otra que Dream Theater y hoy toca dar un vistazo a la obra cumbre de esta tercera era del progresivo...
lunes, 18 de mayo de 2015
Crítica clásica: Misplaced Childhood de Marillion (1985)
Mucha gente le teje un vestido dorado a su infancia bordado de corazones, oro y formas de fantasía. Como si fuera un momento ideal, hermoso, imposible de recuperar de su hermético momento. Una pieza de orfebrería de valor incalculable y no lo voy a negar, es una época crucial de toda persona que se forma en este muy imperfecto mundo. Pero debemos entender que la infancia también tiene sus dilemas y sus dolores e incluso, hay gente que dedica toda su vida a recuperarse de los golpes de la niñez. Por eso, a veces un acto musical puede ser la mejor forma de materializar la redención.
Recuerdo tiempo atrás cuando os hablaba de Seasons End (1989) como os prometí hablar de otro disco de esta banda, que a medida de que los años ruedan como hojas por el bosque, me va enamorando locamente de su música. Y es que tal vez ese ha sido el amor más duradero que he vivido, el que le tengo a la melodía. Mis grandes recuerdos de infancia son con música y aunque el camino de la misma no fue sencillo, al menos la música me lo amenizó mucho. Entre esos lejanos recuerdos hasta no hace mucho existía una canción que no le ponía nombre, pero recordaba su sonido tintineante y delicado de balada pop. Hace unos tres años en esa conversación trascendental sobre música en la que acabe dormido debido a que soy un animal diurno surgió mágicamente esta canción seguido de mi amigo diciendo: "¿La conoces?"
Con seguridad me salió un si de mis labios que encadenó la siguiente frase de mi amigo: "Esta diría que es mi banda favorita". Al principio pensé que era una simple balada pop que volvía a mi tras años y no di demasiado valor a que fuera su banda favorita, hasta que empezó a tirar de repertorio marillionano. Como me repitió varias veces que el disco de esa canción llamada Kayleigh era tal vez el mejor del género progresivo de los años 80, le dije que me lo pusiera del tirón, que ya llegaríamos a un entendimiento luego de lo que pensaba de su música. ¡Pobre de mi! No sabía que mientras pasaba el disco iría convenciéndome de que no se debe menospreciar un disco de estos por un retazo descontextualizado de su grandeza. Entre caras de sorpresa y afirmación veía como todo estaba entrelazado en un material muy muy sólido y d'enorme belleza, solo era un simple mortal probando años después que otros un encanto del que algunos ya se habían emborrachado.
Recuerdo tiempo atrás cuando os hablaba de Seasons End (1989) como os prometí hablar de otro disco de esta banda, que a medida de que los años ruedan como hojas por el bosque, me va enamorando locamente de su música. Y es que tal vez ese ha sido el amor más duradero que he vivido, el que le tengo a la melodía. Mis grandes recuerdos de infancia son con música y aunque el camino de la misma no fue sencillo, al menos la música me lo amenizó mucho. Entre esos lejanos recuerdos hasta no hace mucho existía una canción que no le ponía nombre, pero recordaba su sonido tintineante y delicado de balada pop. Hace unos tres años en esa conversación trascendental sobre música en la que acabe dormido debido a que soy un animal diurno surgió mágicamente esta canción seguido de mi amigo diciendo: "¿La conoces?"
Con seguridad me salió un si de mis labios que encadenó la siguiente frase de mi amigo: "Esta diría que es mi banda favorita". Al principio pensé que era una simple balada pop que volvía a mi tras años y no di demasiado valor a que fuera su banda favorita, hasta que empezó a tirar de repertorio marillionano. Como me repitió varias veces que el disco de esa canción llamada Kayleigh era tal vez el mejor del género progresivo de los años 80, le dije que me lo pusiera del tirón, que ya llegaríamos a un entendimiento luego de lo que pensaba de su música. ¡Pobre de mi! No sabía que mientras pasaba el disco iría convenciéndome de que no se debe menospreciar un disco de estos por un retazo descontextualizado de su grandeza. Entre caras de sorpresa y afirmación veía como todo estaba entrelazado en un material muy muy sólido y d'enorme belleza, solo era un simple mortal probando años después que otros un encanto del que algunos ya se habían emborrachado.
viernes, 24 de abril de 2015
Crítica clásica: The Division Bell de Pink Floyd (1994)
¿Porqué existe una necesidad tan estúpida de que los críticos demos pie a los mismos discos de siempre? Entiendo que siempre es bueno recordar aquellas obras que han marcado un antes y un después en la música, pero la obligación moral de un crítico, a parte de ser sincero con su criterio, es dar impulso a aquellas obras que han quedado un tanto desmeritadas o infravaloradas. Y es que con Pink Floyd ocurre eso, que sus obras magnas son tan magnas, que todo lo que se sale de esa época de los 70 parece que tenga que ser malo o indecente. Después de ver que algunos se han quitado la venda de los ojos, es hora de que ofrezca mi visión sobre un disco que genera polémica y veredictos planos, que no miran la calidad sino, el músico que no está.
El que sería el tercer disco en catorce años de una banda legendaria y su despedida oficial hasta hace poco, no fue bien entendido por mucha gente en su tiempo. Incluso a día de hoy, The Division Bell (1994) tiene a la comunidad dividida y nunca mejor dicho entre los que le han encontrado color y sabor y los que lo miran como un ente inferior que fue creado por una banda que sin Roger Waters, no podía ser Pink Floyd. Algunos seguramente no sabréis quien es este hombre, pero sólo hace falta resumirlo como el creador de gran parte de la música y letras de discos como Animals (1977), The Wall (1979) o The Final Cut (1983). Los dos primeros nombrados, eran excelentes obras del rock progresivo con un carácter conceptual muy potente. Pero el último de ellos, que trata sobre la Guerra del Atlántico Sur de 1982, fue elaborado en un ambiente muy enrarecido y casi podría llevar la firma en solitario del bajista.
Con su última creación, Waters dejaría la banda, tomándola ya por acabada, pero digamos que las cosas no salieron como esperaba. David Gilmour (guitarra), Nick Mason (batería) y Richard Wright (contratado como músico a sueldo en los teclados) decidieron resurgir de las cenizas y tirar adelante con la banda con A Momentary Lapse of Reason (1987). Este disco tenía potencial, pero se nota que tenían que pulir la fórmula para llegar al nivel visto antes de 1983 ya que optaron por un disco más suave y muy apegado al sonido de los 80. Eso si, dieron vida a la banda y con suerte y los años, se encaminaron en un nuevo disco. Para ese momento, Roger Waters estaba manteniendo una disputa legal contra los otros tres reclamando que no se pudiera usar el nombre Pink Floyd sin su consentimiento, eso trajo algunos quebraderos de cabeza a la formación, pero a Gilmour le dio una idea.
El que sería el tercer disco en catorce años de una banda legendaria y su despedida oficial hasta hace poco, no fue bien entendido por mucha gente en su tiempo. Incluso a día de hoy, The Division Bell (1994) tiene a la comunidad dividida y nunca mejor dicho entre los que le han encontrado color y sabor y los que lo miran como un ente inferior que fue creado por una banda que sin Roger Waters, no podía ser Pink Floyd. Algunos seguramente no sabréis quien es este hombre, pero sólo hace falta resumirlo como el creador de gran parte de la música y letras de discos como Animals (1977), The Wall (1979) o The Final Cut (1983). Los dos primeros nombrados, eran excelentes obras del rock progresivo con un carácter conceptual muy potente. Pero el último de ellos, que trata sobre la Guerra del Atlántico Sur de 1982, fue elaborado en un ambiente muy enrarecido y casi podría llevar la firma en solitario del bajista.
Con su última creación, Waters dejaría la banda, tomándola ya por acabada, pero digamos que las cosas no salieron como esperaba. David Gilmour (guitarra), Nick Mason (batería) y Richard Wright (contratado como músico a sueldo en los teclados) decidieron resurgir de las cenizas y tirar adelante con la banda con A Momentary Lapse of Reason (1987). Este disco tenía potencial, pero se nota que tenían que pulir la fórmula para llegar al nivel visto antes de 1983 ya que optaron por un disco más suave y muy apegado al sonido de los 80. Eso si, dieron vida a la banda y con suerte y los años, se encaminaron en un nuevo disco. Para ese momento, Roger Waters estaba manteniendo una disputa legal contra los otros tres reclamando que no se pudiera usar el nombre Pink Floyd sin su consentimiento, eso trajo algunos quebraderos de cabeza a la formación, pero a Gilmour le dio una idea.
sábado, 18 de abril de 2015
Crítica clásica: Sabbath Bloody Sabbath de Black Sabbath (1973)
Un buen riff es la base de una canción rock y sobretodo, es el distintivo de una canción de heavy metal. Hay grandes riffs inolvidables y ya muy típicos que a día de hoy son tarareados como la cosa más guay del mundo y son las cosas más interpretadas por todo principiante que se hace con una guitarra. Un ejemplo, es Smoke on the Water (1972). Cuantas veces hemos visto a algún tipo echarse la patillada con este riff como si fuera el nuevo grand master supreme guitar hero, sin tan si quiera saber quien coño es Ritchie Blackmore (guitarrista de Deep Purple y Rainbow).
En mi caso, siempre he sido muy prolijo a los riffs de Tony Iommi, ya que de él emergió toda una serie de composiciónes con carácter y muy buen gusto que condujeron el heavy metal desde su creación hasta su primer gran momento de gloria. Particularmente, creo que el escalafón más grande se encuentra en las obras que hicieron Iommi, Geezer Butler, Ozzy Osbourne y Bill Ward en 1973 y 1975. Sabbath Bloody Sabbath (1973) y Sabotage (1975) son a mi parecer dos piedras angulares con las que se aprendería a tallar grandes discos de metal en los siguientes 15 años. Pero hoy nos quedaremos en la primera de estas entregas, porqué siempre me ha tenido enamorado su musicalidad, el ir más allá de 4 acordes y empezar a hacer riffs melódicos pero muy contundentes y satisfactorios.
Bien, pongámonos en situación, Sabbath en 1973 ya había sacado 4 discos de estudio de gran nivel que sirvieron para ir tallando el género con un nivel de excelencia poco discutible. Pero Iommi tal vez estaba un poco desgastado de implicarse tanto en los discos y no obtener el éxito soñado. Si, básicamente se podían tirar el santo día dándole a las drogas y disfrutando de un estatus de fama muy respetable, tenían para sus caprichos pero como artistas buscaban más que comodidades. Os pondré una imagen para que os hagáis una idea bastante curiosa sobre sus seguidores, en Estados Unidos habían consolidado una legión más o menos estable de 500.000 fans que compraban sus discos el año de su salida, pero tenían que esperar más o menos una generación para que ese mismo disco llegara al millón de ventas (10 años). Por decirlo de alguna forma, Sabbath era una banda realmente solvente pero marginal en el mercado. Pero alguien se uniría a la fiesta...
En mi caso, siempre he sido muy prolijo a los riffs de Tony Iommi, ya que de él emergió toda una serie de composiciónes con carácter y muy buen gusto que condujeron el heavy metal desde su creación hasta su primer gran momento de gloria. Particularmente, creo que el escalafón más grande se encuentra en las obras que hicieron Iommi, Geezer Butler, Ozzy Osbourne y Bill Ward en 1973 y 1975. Sabbath Bloody Sabbath (1973) y Sabotage (1975) son a mi parecer dos piedras angulares con las que se aprendería a tallar grandes discos de metal en los siguientes 15 años. Pero hoy nos quedaremos en la primera de estas entregas, porqué siempre me ha tenido enamorado su musicalidad, el ir más allá de 4 acordes y empezar a hacer riffs melódicos pero muy contundentes y satisfactorios.
Bien, pongámonos en situación, Sabbath en 1973 ya había sacado 4 discos de estudio de gran nivel que sirvieron para ir tallando el género con un nivel de excelencia poco discutible. Pero Iommi tal vez estaba un poco desgastado de implicarse tanto en los discos y no obtener el éxito soñado. Si, básicamente se podían tirar el santo día dándole a las drogas y disfrutando de un estatus de fama muy respetable, tenían para sus caprichos pero como artistas buscaban más que comodidades. Os pondré una imagen para que os hagáis una idea bastante curiosa sobre sus seguidores, en Estados Unidos habían consolidado una legión más o menos estable de 500.000 fans que compraban sus discos el año de su salida, pero tenían que esperar más o menos una generación para que ese mismo disco llegara al millón de ventas (10 años). Por decirlo de alguna forma, Sabbath era una banda realmente solvente pero marginal en el mercado. Pero alguien se uniría a la fiesta...
jueves, 9 de abril de 2015
Crítica clásica: Duke de Genesis (1980)
Genesis tubo 2 etapas muy marcadas con 2 vocalistas diferentes. En la primera etapa con el teatral Peter Gabriel (1969-1975), tuvieron una estética más medievalista, de cuentacuentos, de grandes letrados con unas brillantes dotes musicales en la que destaca la alineación de músicos: Mike Rutherford (bajo), Tony Banks (teclados), Steve Hackett (guitarra) y Phil Collins (batería). Discos como Nursery Crime (1971), Foxtrot (1972), Selling England by the Pound (1973) o The Lamb Lies Down on Broadway (1974). Sus brillantes discos fueron interpretados en conciertos protagonizados por un Peter Gabriel que se disfrazaba de los personajes de las canciones, ofreciendo a ratos momentos vistosos y en otros momentos, escenas esperpénticas que no acababan de cuajar con el resto de la banda.
Por esa razón hacia 1975 entre diferentes tensiones y con el nacimiento de la hija de Peter Gabriel, este deja el seno de la banda para tiempo después empezar su destacable carrera en solitario. Pero dentro de la banda se quedarían los otros cuatro miembros, que procurarían mantener la esencia de la banda en los dos siguientes discos: A Trick of Tail (1976) y Wind & Wuthering (1977). Antes de grabarlos, no sabían a quien poner al frente de la banda, pero haciendo uso de la lógica y viendo la implicación y voz de Phil Collins (tan pareja a la de Gabriel), lo tomaron como la voz de la banda. Pero un miembro más abandonaría el barco, Steve Hackett. Con su marcha, la banda empezaría a dar un viraje importante hacia la música más comercial con sello progresivo, este sería el caso de los discos ...And Then There Were Three... (1978) y el disco que hoy vemos, Duke (1980)
![]() |
| Phil Collins, Mike Rutherford y Tony Banks... entonces ya solo eran tres (1979) |
martes, 24 de marzo de 2015
Crítica clásica: Seasons End de Marillion (1989)
La música es mi predilección, no tengo ninguna duda. Su mera compañía ha estado en momentos determinantes de mi vida y por esa razón, la he estudiado en profundidad para entender sus entresijos. Hace unos tres años, un amigo mientras curioseaba entre su i-pod me regaló uno de esos momentos tan sublimes que mi mente no pudo olvidar y todo empezó con un "¿Conoces a Marillion?". Lo que ocurrió momentos después, simplemente fueron algunos de los mejores minutos musicales de mi vida y cuando uno se ha dedicado a escuchar de todo y en todos los sitios, no es algo que se diga a la ligera.
Por eso hoy os quiero acercar a ese momento de mi vida, junto a todo aquello que se puede reflexionar de un disco y de una banda con mucha profundidad y riqueza musical. Además, después de haber leído ampliamente sobre él, voy a confirmar o rechazar diferentes teorías que se hicieron. Pero todo empieza por conocer a la banda y hay mucho interesante por contar. Marillion, podemos considerarlo el gran grupo de rock progresivo de los años 80. Grandes contendientes de los años 70 estaban en horas bajas o habían evolucionado su estilo hacia otros terrenos como el pop o se habían desgranado en otras agrupaciones, pero estos tipos que hoy veremos se mantuvieron muy enderezados cuando otros cayeron.
Desde su formación en 1979, esta banda inglesa pasó por diferentes formaciones y tubo que esperar hasta 1983 para sacar su disco debut, el excelente Script for a Jester's Tear. En su día fueron duramente criticados por parecerse sonoramente a Genesis en la etapa de Peter Gabriel, pero no sabían muchos críticos que darían un paso evolutivo trascendental. En 1984, sacaron su segundo disco, Fugazi, llamado así por los muchos bateristas que audicionaron para la banda y por lo rápido que tubo que ser el proceso de grabación. En este punto solidificó la formación más clásica de Marillion: Fish (Derek William Dick, voz), Steve Rothery (guitarra, miembro fundador), Pete Trewavas (bajo), Mark Kelly (teclado) e Ian Mosley (batería).
Con este disco, se puede decir que se dio forma al rock neoprogresivo (con una presencia muy fuerte de sintetizadores, influencias más comerciales y renovación de los temas y duración de las canciones). Este sonido se perfeccionó y alcanzó su cenit en los discos Misplaced Childhood (1985), que para muchos es su obra maestra y Clutching at Straws (1987), que demostraba que el nuevo progresivo no era un derivado superfluo del original, tratando el éxito mal digerido, las adicciones y el fracaso a través de los ojos de un músico frustrado. Esta fue una etapa brillante y memorable, cuatro discos con unas letras muy cultas y una música tan delicadamente tratada que, incluso a día de hoy, sabe sacar pecho sin ser de lo más pirotécnico del mundo.
Pero Fish durante el periodo de composición del que tenía que ser el quinto disco de la banda decidió marchar, tal vez por desavenencias con la discográfica, que le estaba atando en corto en su carrera musical. Aún quedan las demos sueltas de las canciones que tenían que salir por Youtube y algunas podemos decir que eran mucho más que simples demos. Eso si, al partir peras, la banda se quedó con la música y Fish con las letras para el que sería su futuro disco en solitario, Vigil in a Wilderness of Mirrors (1990). Con ese contratiempo, los integrantes de la banda buscaron a un buen sustituto del cantante escocés y su decisión viró mucho el rumbo que llevarían años después. El elegido era Steve Hogarth, cantante de la banda The Europeans y How We Live.
Por eso hoy os quiero acercar a ese momento de mi vida, junto a todo aquello que se puede reflexionar de un disco y de una banda con mucha profundidad y riqueza musical. Además, después de haber leído ampliamente sobre él, voy a confirmar o rechazar diferentes teorías que se hicieron. Pero todo empieza por conocer a la banda y hay mucho interesante por contar. Marillion, podemos considerarlo el gran grupo de rock progresivo de los años 80. Grandes contendientes de los años 70 estaban en horas bajas o habían evolucionado su estilo hacia otros terrenos como el pop o se habían desgranado en otras agrupaciones, pero estos tipos que hoy veremos se mantuvieron muy enderezados cuando otros cayeron.
Desde su formación en 1979, esta banda inglesa pasó por diferentes formaciones y tubo que esperar hasta 1983 para sacar su disco debut, el excelente Script for a Jester's Tear. En su día fueron duramente criticados por parecerse sonoramente a Genesis en la etapa de Peter Gabriel, pero no sabían muchos críticos que darían un paso evolutivo trascendental. En 1984, sacaron su segundo disco, Fugazi, llamado así por los muchos bateristas que audicionaron para la banda y por lo rápido que tubo que ser el proceso de grabación. En este punto solidificó la formación más clásica de Marillion: Fish (Derek William Dick, voz), Steve Rothery (guitarra, miembro fundador), Pete Trewavas (bajo), Mark Kelly (teclado) e Ian Mosley (batería).
Con este disco, se puede decir que se dio forma al rock neoprogresivo (con una presencia muy fuerte de sintetizadores, influencias más comerciales y renovación de los temas y duración de las canciones). Este sonido se perfeccionó y alcanzó su cenit en los discos Misplaced Childhood (1985), que para muchos es su obra maestra y Clutching at Straws (1987), que demostraba que el nuevo progresivo no era un derivado superfluo del original, tratando el éxito mal digerido, las adicciones y el fracaso a través de los ojos de un músico frustrado. Esta fue una etapa brillante y memorable, cuatro discos con unas letras muy cultas y una música tan delicadamente tratada que, incluso a día de hoy, sabe sacar pecho sin ser de lo más pirotécnico del mundo.
Pero Fish durante el periodo de composición del que tenía que ser el quinto disco de la banda decidió marchar, tal vez por desavenencias con la discográfica, que le estaba atando en corto en su carrera musical. Aún quedan las demos sueltas de las canciones que tenían que salir por Youtube y algunas podemos decir que eran mucho más que simples demos. Eso si, al partir peras, la banda se quedó con la música y Fish con las letras para el que sería su futuro disco en solitario, Vigil in a Wilderness of Mirrors (1990). Con ese contratiempo, los integrantes de la banda buscaron a un buen sustituto del cantante escocés y su decisión viró mucho el rumbo que llevarían años después. El elegido era Steve Hogarth, cantante de la banda The Europeans y How We Live.
![]() |
| Mark Kelly, Steve Rothery, Steve Hoghart, Ian Mosley y Pete Trewavas. Marillion en 1989 |
lunes, 16 de marzo de 2015
Crítica: Hand. Cannot. Erase de Steven Wilson (2015)
A día de hoy la música popular acostumbra a ser muy concisa y encorsetada. Muchos de los grandes éxitos del año son una caída en desgracia respecto a hace 20 o 30 años. No es que sea un viejo carcamal diciendo: ¡La música de antes era mejor! Es que el problema está en que la música más innovadora y de mayor calidad se sale de la seguridad que les da a las discográficas ciertas porquerías que tenemos que aguantar en Los 40 Principales. Y no sólo ocurre eso en el campo de la música, ya que en los videojuegos estamos en las mismas.
El arte interactivo también está padeciendo un gran momento crítico en el que el mercado se ha partido entre un sector de público muy crítico y receloso después de un 2014 desastroso. Por un lado los que desde hace años dejamos de comprarnos un Call of Duty para ver si se daban cuenta que queremos un cambio y luego, los casi 20 millones de usuarios (no incluyo a todos los que juegan al juego de guerra) que piensan que lo mejor del año es este juego, al igual que muchas y muchos prepuberes se creen que el cenit de la música se encuentra en Justin Bieber, Katy Perry o Pitbull. Pero en los dos campos, podemos decir que estos son los AAA (los de mayor presupuesto), grandes promesas de bombástica mediocridad.
Luego, por otro lado están los postmodernos que consideran que todo está inventado y han perdido toda la fe en que todo lo que os he nombrado hasta ahora se pueda renovar, porqué para ellos todo está inventado. Pero esa es una posición comodísima, decadente y un poco infantil. No puede ser que haya gente que lucha por innovar día a día y estos tipos miren a otro lado como si no existiera la innovación. Me vais a decir que estoy haciendo una especie de manifiesto contra el mundo actual, pero la realidad es que me estoy quejando muy efusivamente de que el filtro para ser popular y exitoso a día de hoy no vaya ligado a los valores más bellos y currantes de la industria. Por eso, voy a poner mi piedra reivindicando una maravilla de nuestro ahora.
El género progresivo es mi predilección, ya que desarrolla todo el potencial musical y narrativo de un compositor. Estos últimos 25 años, las bandas que más han reivindicado este género han sido las de metal y han hecho una gran labor. Pero esa esencia clásica y floral de lo progresivo se había ido un poco cuando bandas como Marillion o Porcupine Tree (de donde procede nuestro compositor de hoy) decidieron tomar un sonido más serio y maduro, quedando en la palestra bandas como Yes, Pendragon, Transatlantic o Asia como únicos representantes de un estilo más colorista y vital. Pero a finales de la década pasada apareció una figura que le dio un vuelco a la situación, Steven Wilson y poca broma con lo que traía...
El arte interactivo también está padeciendo un gran momento crítico en el que el mercado se ha partido entre un sector de público muy crítico y receloso después de un 2014 desastroso. Por un lado los que desde hace años dejamos de comprarnos un Call of Duty para ver si se daban cuenta que queremos un cambio y luego, los casi 20 millones de usuarios (no incluyo a todos los que juegan al juego de guerra) que piensan que lo mejor del año es este juego, al igual que muchas y muchos prepuberes se creen que el cenit de la música se encuentra en Justin Bieber, Katy Perry o Pitbull. Pero en los dos campos, podemos decir que estos son los AAA (los de mayor presupuesto), grandes promesas de bombástica mediocridad.
Luego, por otro lado están los postmodernos que consideran que todo está inventado y han perdido toda la fe en que todo lo que os he nombrado hasta ahora se pueda renovar, porqué para ellos todo está inventado. Pero esa es una posición comodísima, decadente y un poco infantil. No puede ser que haya gente que lucha por innovar día a día y estos tipos miren a otro lado como si no existiera la innovación. Me vais a decir que estoy haciendo una especie de manifiesto contra el mundo actual, pero la realidad es que me estoy quejando muy efusivamente de que el filtro para ser popular y exitoso a día de hoy no vaya ligado a los valores más bellos y currantes de la industria. Por eso, voy a poner mi piedra reivindicando una maravilla de nuestro ahora.
El género progresivo es mi predilección, ya que desarrolla todo el potencial musical y narrativo de un compositor. Estos últimos 25 años, las bandas que más han reivindicado este género han sido las de metal y han hecho una gran labor. Pero esa esencia clásica y floral de lo progresivo se había ido un poco cuando bandas como Marillion o Porcupine Tree (de donde procede nuestro compositor de hoy) decidieron tomar un sonido más serio y maduro, quedando en la palestra bandas como Yes, Pendragon, Transatlantic o Asia como únicos representantes de un estilo más colorista y vital. Pero a finales de la década pasada apareció una figura que le dio un vuelco a la situación, Steven Wilson y poca broma con lo que traía...
lunes, 2 de febrero de 2015
Crítica clásica: ...Famous Last Words... de Supertramp (1982)
Cuando se termina una etapa en nuestra vida, muchas veces nos sentimos descolocados y más cuando es una ruptura. En el panorama musical eso también ocurre y en muchos casos hace mella en la personalidad de la banda, en el ambiente que se percibe. Muchas veces desde que se da la ruptura hasta que ocurre la despedida de un miembro de una banda hay un proceso y en este caso fue la grabación de un disco.
Lo que ocurre, que en este caso es un disco que fue el precedente de la que considero mi segunda infancia. Un momento de mi vida en el que recuperé las ganas de ir por el mundo sonriendo y aprender a ver la vida de nuevas formas e incluso conocer al que sería mi primer amor. Igualmente, algunas de sus canciones estaban grabadas en mi memoria desde hacía muchos años. Era un proceso de redescubrir mi niñez pero con un poco más de inteligencia y criterio y con una de esas me volví a enamorar del sonido de Supertramp como cuando era un niño de 6 años.
Lo mas bonito es que la niña de mis ojos acabó siendo uno de esos discos que para muchos fans de esta banda supone una encrucijada contra sus principios. Aparentemente no me había enamorado de la mas agraciada del patio con este álbum. Por eso mismo, empecé a leer tanto como pude sobre él para entender que escondía su proceso de composición. Pero para los que no sois muy seguidores de esta banda creo que merece la pena que os haga una pequeña presentación. Supertramp es una banda que a lo largo de los años 70 contribuyó en la música popular dentro del género progresivo, generando una música que podría ser tildada de pop/rock con diferentes cambios y progresiones que nos llevarían al llamado muchas veces pop progresivo (esta valoración es personal no acepto devoluciones bla, bla, bla...).
No hablaré de todos sus precedentes, sólo de la etapa en la que creo que se enmarca este álbum y que fue bastante complicada para los integrantes. Supertramp tenía dos mentes creativas muy potentes y a la vez dos identidades musicales y vocales: Rick Davies (piano y voz) y Roger Hodgson (piano, guitarra y voz). Además John Helliwell (saxo, teclados y coros) que le daba mucha personalidad al sonido de la banda. En definitiva, todo esto se estaba tambaleando por los conflictos de Davies y Hodgson desde la concepción de su anterior disco, el aclamado Breakfast in America (1979). En este disco alcanzaron sus mayores cotas a nivel comercial convirtiéndolo sin exagerar en el bombazo de su año y un techo difícil de alcanzar. Sólo podían estancarse o huir por la tangente.
Lo que ocurre, que en este caso es un disco que fue el precedente de la que considero mi segunda infancia. Un momento de mi vida en el que recuperé las ganas de ir por el mundo sonriendo y aprender a ver la vida de nuevas formas e incluso conocer al que sería mi primer amor. Igualmente, algunas de sus canciones estaban grabadas en mi memoria desde hacía muchos años. Era un proceso de redescubrir mi niñez pero con un poco más de inteligencia y criterio y con una de esas me volví a enamorar del sonido de Supertramp como cuando era un niño de 6 años.
Lo mas bonito es que la niña de mis ojos acabó siendo uno de esos discos que para muchos fans de esta banda supone una encrucijada contra sus principios. Aparentemente no me había enamorado de la mas agraciada del patio con este álbum. Por eso mismo, empecé a leer tanto como pude sobre él para entender que escondía su proceso de composición. Pero para los que no sois muy seguidores de esta banda creo que merece la pena que os haga una pequeña presentación. Supertramp es una banda que a lo largo de los años 70 contribuyó en la música popular dentro del género progresivo, generando una música que podría ser tildada de pop/rock con diferentes cambios y progresiones que nos llevarían al llamado muchas veces pop progresivo (esta valoración es personal no acepto devoluciones bla, bla, bla...).
No hablaré de todos sus precedentes, sólo de la etapa en la que creo que se enmarca este álbum y que fue bastante complicada para los integrantes. Supertramp tenía dos mentes creativas muy potentes y a la vez dos identidades musicales y vocales: Rick Davies (piano y voz) y Roger Hodgson (piano, guitarra y voz). Además John Helliwell (saxo, teclados y coros) que le daba mucha personalidad al sonido de la banda. En definitiva, todo esto se estaba tambaleando por los conflictos de Davies y Hodgson desde la concepción de su anterior disco, el aclamado Breakfast in America (1979). En este disco alcanzaron sus mayores cotas a nivel comercial convirtiéndolo sin exagerar en el bombazo de su año y un techo difícil de alcanzar. Sólo podían estancarse o huir por la tangente.
miércoles, 7 de enero de 2015
Crítica: The Final Frontier de Iron Maiden (2010)
Ya hace algo más de cuatro años que apareció en el mercado el último disco de Iron Maiden. Para ellos ya hace mucho que ha pasado aquella era en la que era normal sacar un disco por año (de aquellos que marcan leyenda), hacer una gira y volver al estudio, casi sin tiempo para respirar. Han dado mucho de si y por ahora parecen cómodos saboreando las mieles del éxito, después de tiempos grandiosos en los 80 y tiempos de baches y salidas de grandes figuras durante los 90 (Bruce Dickinson y previamente Adrian Smith).Pero para saber con que Iron Maiden nos enfrentamos en la actualidad tenemos que poner la vista en el año 2000, momento del reencuentro de todos los grandes astros de la banda, los que se quedaron y los que se fueron. Hijo de ese momento de euforia y fuerzas recuperadas saldría Brave New World, que en mi mente se vislumbra como un gran disco, solo un peldaño por debajo de todo aquello que habían hecho hasta 1988. El público evidentemente reaccionó con euforia y Maiden de nuevo era un llenaestadios como casi una década atrás. Empezaba una nueva etapa que aparentemente a dia de hoy continua.
En esta nueva etapa con la alineación clásica, previamente al disco que hoy dedico unas lineas, ya se habían parido tres discos: Brave New World, que resultaba un disco esperanzador, dinámico, creíble y sobretodo hecho con unos músicos en estado de euforia. Dance of Death (2003), que en cambio era bastante más conformista y que aún con momentos muy lúcidos, sonaban a un Maiden más preocupado en sonar a Maiden, que en sacar todo el talento que realmente poseen. Finalmente A Matter of Life and Death (2006), un disco denso, elaborado y que tiene un aroma progresivo ineludible, como un Seventh Son pero con menos magia y más terrenal. Se estaba siguiendo la senda correcta y los músicos de la banda (sobretodo Steve Harris) estaban haciendo navegar el barco hacia nuevos puertos musicales sin traicionar su sonido.
![]() |
| Iron Maiden, de hoy y de siempre. Leyendas consolidadas |
Suscribirse a:
Entradas (Atom)





























