Pero este disco no sólo me hace pensar en un sencillo pero inolvidable rato con mis amigos, sino que al mismo tiempo lo relaciono con un momento trascendental de una de las mejores bandas de la historia. Para ser precisos, el momento en el que (como hablaba con mis nocturnos acompañantes) la banda acabó de perfeccionar su sonido y estilo distintivo. Si miramos justo a sus precedentes, a Atom Heart Mother (1970), ya nos encontramos a la banda sacando en la suite de ese disco la base del sonido del Floyd de los años 70, configurando una obra notable y sólida pero no tan sorprendente como sus obras mayores. Eso si, en enero de 1971 empezarían a trabajar en un proyecto que les llevaría unos 8 meses y que les haría trabajar a fondo en una obra con unas aspiraciones mucho más altas. Al llegar octubre de 1971, salía a la venta este disco mostrando una banda cambiada, sorprendente, madura...
Y es que tengamos en cuenta que la carrera de la banda en el periodo que va después de la publicación de su primer disco y en realidad primera gran obra, The Piper at the Gates of Dawn (1967) y lo que hoy vemos había resultado ser una marea desigual en la que a ratos se sentían bien y a ratos salían sus miedos, intentando despegarse de la sobra del ya lejano Syd Barrett. Ese desapego iría llegando a medida que apartaban la psicodelia de su fórmula y pasaban a un estilo más simfónico. Igualmente, David Gilmour había implementado un estilo ligado al blues y folk que ayudaría a hacer la transición hacia la nueva banda que estaban destinados a ser. Era tiempo de experimentación y eso se puede ver con las canciones...



