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martes, 2 de junio de 2020

Crítica: After Laughter de Paramore (2017)

Voy a abrir esta crítica admitiendo abiertamente que Paramore no ha sido una banda que me haya llamado la atención durante su periplo discográfico hasta nuestros días. Si bien he podido escuchar algunas de sus canciones y no parecerme malas, no he tenido ningún tipo de conexión especial más allá de que las pusieran en los Rock Band o Guitar Hero de turno y me las quisiera sacar al 100% con la guitarra. Pero la vida pasa y las recomendaciones de YouTube también… Un cálido día de 2018 (o frío, es un decir) me apareció la sugerencia de que escuchara un tema del más reciente álbum de Paramore ¿que podía perder? 

Spoiler: Nada, a partir de aquí para mi era todo ganar.

Pero dejemos de lado mi anécdota de ser mundano ante un ordenador por un momento y vamos a ponernos en el ángulo de la banda con este disco. Paramore en 2013 sacó su álbum homónimo y después de años siendo vistos como esa banda de punk pop y power pop de gente joven liderada por la cantante Hayley Williams (talentosa pero juvenil), por fin parecían llegar a una cierta madurez musical. Esa madurez que había llegado tras la salida de dos de sus integrantes, los hermanos Farro (guitarrista y baterista), los dejaba como un trío que usó su momento de cambio para dar un importante paso en su carrera.

Y es curioso, porque recuerdo esa época y lo importante que parecía ser para ellos, ya que por esa época se publicaron un montón de videos dedicados a analizar ese disco y a entrevistarles en radios o galas donde eran invitados por YouTube. Pero de nuevo, no conectaba con su música (nada que ver con que la considere mala), es decir, era consciente de que estaban siendo exitosos pero simplemente era un espectador mirando de lado lo que pasaba en el mundo mainstream y siguiendo mi camino. Pero en ese punto de ver florecer el éxito de su obra (hacia 2015), la banda sufriría una buena implosión.

Deconstrucción y reconstrucción

El bajista de la banda Jeremy Davis saldría de la formación en 2015 acompañado por una batalla legal por sus derechos en las canciones que se alargaría hasta 2017. Sumemos que Hayley Williams ante toda la tensión en el seno de la banda, la abandonó temporalmente dejando a Taylor York (guitarrista) como el único miembro de la misma. Pero Williams regresaría y en 2016, York retomaría su amistad con el antiguo batería de la banda, Zac Farro, y este se reincorporaba en 2017 para las grabaciones de este disco y la composición de algunos temas. El ciclo se cierra con el divorcio de Hayley Williams en 2017.

Otro elemento especial que se añade es que en el momento que se decidieron a componer música, York intentó tirar por el estilo que había caracterizado hasta entonces a la banda (punk pop) pero no surgían ideas lo suficientemente buenas. Pero a la que dió paso a un estilo más ligado al new wave o synthpop de los 80, fué cuando se encontró componiendo con más soltura. York, estaba desconfiado que este estilo encajase con Paramore, pero Williams aunque al escuchar sus creaciones empezó dudando, luego entendió que era el camino a seguir. Con la entrada de Zac Farro, este entró en sinergia por el nuevo sonido y haría sus aportaciones a nivel creativo.

Taylor York (amarillo), Zac Farro (azul), Hayley Williams (rojo)

sábado, 30 de mayo de 2020

Crítica: Mil Siluetas de La Unión (1984)

Entre las polémicas que han ido rellenando estos dos meses y medio de vida dislocada para todos, surgió la de la separación de la banda La Unión (curiosa coincidencia). Una separación que me parece que tendremos que poner unas cuantas comillas hasta que se resuelva ya que no todas las partes parecen tener la misma disposición a desmontar un proyecto de casi 40 años. Pero como en este blog nos dedicamos a valorar las obras musicales de los artistas, vamos a darle una cara positiva a todo este embrollo con un repaso a la que fué su primera obra de estudio.

Para ello, debemos echar la vista atrás a la primera mitad de los años 80 en plena Movida Madrileña con toda una juventud cansada del encorsetamiento que años atrás había supuesto la dictadura franquista. Ese movimiento sirvió de marco de una época en la que se mezcló una gran creatividad musical (Radio Futura, Los Secretos, Mecano, Tino Casal, Alaska y Dinarama), junto a un renovado movimiento feminista, la despenalización de la homosexualidad; pero también una fuerte experimentación con drogas que como me han dicho muchas personas de la época, se llevó a media generación por delante.

Cuando se unieron…

La Madrid de los años 80

En medio de este ambiente de primera mitad de los años 80, concretamente en 1982, cuatro chicos madrileños formarían un grupo de new wave que rápidamente se pondría a componer piezas instrumentales. Mario Martinez en la guitarra, Luís Bolín en el bajo y Iñigo Zábala en los teclados dejaron lista la base de las canciones y Rafa Sánchez posteriormente le añadiría las letras. A partir de ese punto, era cuestión de encontrar una discográfica en la que editar sus temas y todo 1983 se dedicó a acabar de componer, hacer sus primeras tablas sobre el escenario y lograr el contrato con Warner en España.

Ya en 1984 con el contrato bajo el brazo, Nacho Cano (integrante/compositor de la banda Mecano y amigo de Bolín) y Rafael Abitbol empezarían a producir las canciones del disco, dejando listo el potencial hit del mismo para que empezara su difusión. El 12 de marzo de 1984, Lobo-Hombre en París se promocionaba en la sala El Sol de Madrid donde Luís Bolín trabajaba pinchando música por aquellos años. Realmente crearon una fuerte expectativa con esta promoción y publicación del single poco tiempo después hasta que a finales de 1984 salió por fin el disco.

viernes, 30 de septiembre de 2016

Crítica: Reggatta de Blanc de The Police (1979)

Si The Police se ha convertido en una de esas formaciones legendarias por las que la gente pagaría por resucitarla en cada momento es por una razón muy simple, hacer en poco tiempo y pocos discos, siempre movimientos acertados. Pero a parte tenemos que entender que con ellos hubo la mejor transición posible entre la música de los 70 y los 80; esa curva que abarca el punk o el reggae que había triunfado durante la década que cerraban y abriendo paso a ese new wave y post-punk que definiría las primeras gateadas de los 80.

Es importante recalcar también que no estamos ante una banda de amigos de escuela que formaran su grupo desde niños, sinó tres músicos ingleses que ya hacían sus pequeñas giras con bandas del momento. Sting y Stewart Copeland se conocieron cuando sus respectivas bandas (Last Exit y Curved Air) se toparon en algunos conciertos. Se intercambiaron sus teléfonos y se pusieron a practicar juntos, viendo que había una química musical realmente buena. Sting, siendo bajista y Copeland en los parches, querían a un guitarrista que pudiera consolidar el sonido punk/new wave que querían elaborar, contratando a Henry Padovani hacia 1977. Pero al poco tiempo conocieron a Andy Summers, guitarrista del proyecto Strontium 90, al que se unieron temporalmente. Aunque Summers era un hombre entrado en los 30 y los otros dos eran unos veinteañeros de toma y loma, se entendieron rápidamente, dejándose llevar por la ambición musical de Sting.


En 1978, sacando al mercado Outlandos d'Amour, lograron entrar en posiciones realmente altas de las listas tanto inglesa como de Estados Unidos. Singles como Roxanne, So Lonely o Can't Stand Losing You resaltaron la formula musical de este trio, allanándoles el terreno para hacer el siguiente disco. Por eso, con todo el relax del mundo fueron a ensayar y dejar fluir nuevas ideas para su siguiente obra. Pero siendo claros, si en el anterior disco Sting andaba inspiradísimo a nivel musical, en este caso necesitó un poco más de ayuda de Copeland y Summers. Llegaron a usar ideas del pasado para dar forma al disco, incluso modificando sustancialmente canciones de cuando estaban en Last Exit o Curved Air para resolver la papeleta. Esto mezclado con algunas nuevas canciones que muy paulatinamente fueron surgiendo durante las 4 semanas de grabación del disco, conforman el conjunto que hoy analizaremos.

lunes, 26 de septiembre de 2016

Crítica: NunSexMonkRock de Nina Hagen (1982)

Debo decir que hace poco un buen amigo me abrió las puertas hacia una de las artistas más experimentales del mundo del rock. Al principio sentía reservas hacia ella debido a su forma de presentarse en sociedad. Pero a medida que han pasado los meses desde aquel primer encuentro formal con su música, mi admiración ha ido creciendo a medida que he ido descubriendo su discografía. Y es que encasillarla en un estilo sería una tontería bastante grande ya que la variedad tiene tanta importancia en su vida como su necesidad de reivindicarse. Eso da como resultado que sus primeros y más valiosos discos sean metaversos independientes el uno del otro, en los que se ve el crecimiento personal de una Nina Hagen que pasa de ser una jovenzuela punkarra con una banda a una madre que empieza a valorar el mundo místico y extrasensorial.

En este caso vamos a ir a lo último, con tal vez el disco más experimental de la carrera de Hagen, pero antes demos un poco de contexto. Hacia 1980, la cantante y compositora ya estaba haciendo una nueva formación de músicos dejando atrás la conocida como Nina Hagen Band. Pero mientras estaba preparando una gira por Estados Unidos se percató que estaba embarazada y tubo que suspender todo el proceso. Al poco de saber de su embarazo, rompió con el padre de la futura Cosma Shiva, Ferdi Karmelk, con el que había estado preparando buena parte de las nuevas canciones que presentaría en su ya tercer disco. Podemos decir que al mismo tiempo que resultaba convulso este tiempo para Hagen a nivel emocional, era renovador y le abría esperanzas e incertidumbres por el nacimiento de su primera hija.


martes, 16 de febrero de 2016

Crítica clásica: Rebel Yell de Billy Idol (1983)

Hoy volvemos a la gloriosa década de los 80 con uno de sus músicos más icónicos del momento. Billy Idol (William Michael Broad) del cual podemos decir que su nombre era toda una seña de sus intenciones, marcó claramente la década con un tipo de música que fusionaba el hard rock, el punk y la comercialidad con su increible garra vocal. A la vez su destino estaba ligado a encontrarse con el gran guitarrista Steve Stevens, el cual ayudaría a perfilar el carácter que representaba no sólo Billy Idol como solista, sino como banda. Mucha gente con los años ha tomado a este artista como un mero hijo de la era y el boom de la MTV, pero tal vez merece su obra un poco de pausa para que la gente reconecte con él. Para eso, también es necesario entender que Billy Idol no viene de la nada para de golpe y porrazo ser una figura famosa.

Una versión más primitiva del sonido que Idol nos ofrecería en los 80 se encontraba en su anterior banda, Generation X. En ella la esencia punk era mucho más visible y ya se podía percibir el carácter vocal del cantante. Por eso, si queremos ver el origen de lo que tenemos hoy bajo la lupa tenemos que fijarnos en esa banda y sobretodo en el disco Kiss Me Deadly (1981), que indudablemente fue la transición hacia su carrera en solitario con su éxito Dancing with Myself. Entonces, dio inició ya la carrera en solitario del cantante y compositor; que entró con bastante fuerza con Billy Idol (1982). En este disco ya empezaba su colaboración con Steve Stevens, guitarrista que rescató el lado punk de Idol y lo fusionó con el hard rock y un toque de virtuosismo que daba como resultado canciones con un gran empaque como White Wedding (Part I) o Hot in the City.