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miércoles, 28 de septiembre de 2016

Crítica: Reign in Blood de Slayer (1986)

1986 fue uno de los años más trascendentales de la historia del heavy metal; apareciendo algunos de sus mejores discos. Por aquel entonces, dos corrientes lideraban el género: el thrash y el glam. Tanto una vertiente como la otra nos regalaban discos muy importantes que iban destinados a dos tipos de personas muy diferentes. El glam o hair metal, surgía de los sonidos elaborados por Van Halen o Aerosmith, mezclados con elementos del pop más edulcorado, siendo un "metal" para las masas (aunque se discute aún si le podemos llamar metal o tipo de hard rock). Nombres como Motley Crüe, Poison o los primeros Bon Jovi iban muy atados a este estilo, aunque luego se expandiría todo mucho más allá de sus fronteras originales en Los Angeles.

Pero totalmente contrarios a este estilo se encontraban las bandas de thrash metal como Metallica, Megadeth, Anthrax o Death Angel (como primera generación del mismo). Evolucionando de los sonidos del speed metal de bandas como Mötorhead, Accept y de las influencias del metal inglés (Iron Maiden, Judas Priest, Saxon) y el punk, eran bandas veloces, furiosas y sin los toques pop y románticos del glam. Músicos de poca guapura y como mucho, con maquillaje para hacerse los chungos. Pero entre todos ellos hubo una banda que se tomó muy a pecho lo de acojonar y ser feroz, Slayer. Herederos de Venom en terrenos americanos, era la banda de thrash que más se quedaba en la barrera entre lo rápido y el metal extremo. En 1983, sacaban su primer disco, Show No Mercy que igual que Kill 'Em All de Metallica era una forma muy llamativa de decir que el mundo se tenía que fijar en ellos, que querían ser un nuevo referente.


jueves, 19 de marzo de 2015

Crítica clásica: Leprosy de Death (1988)

Ayer discutía con una compañera de trabajo cual es el mejor chocolate que existe y así de primeras le dije, ¡el de 99%! El más puro y amargo de todos, además del más sano. No me siento mejor que nadie porqué me guste, ni lo debería sentir. Pero no lo neguemos, el hecho de que nos guste a muchos nos hace sentir que sabemos valorar algo exótico. Mi compañera, en cambio, me dijo que le gusta el chocolate con leche y aunque no es mi favorito, la entendí perfectamente. Un buen disco de pop o rock, igual que un buen chocolate con leche (añádele el extra que quieras) puede llegar a ser algo memorable y digno de dejar que se vaya fundiendo lentamente mientras nos tomamos un café.

Introducción al death metal y a Death

En este portal hemos visto grandes muestras de todos los estilos de "chocolate", pero hoy seguramente os voy a dejar una muestra de las categorías más amargas y difíciles. El death metal es un subgénero de rock duro que nos lleva casi al extremo definitivo del género, casi a chocarnos con la dura pared. Nació como una evolución más extremista del thrash metal que hacían bandas como Metallica, Megadeth o Anthrax y empezaban una liga nueva por si solas. La semilla popularmente se planto en 1981 con Welcome to Hell de Venom, disco que tubo influencia en el thrash metal, el black metal y el death metal. En la corriente que hoy veremos la respuesta fue Celtic Frost, nada más y nada menos que una banda de Suiza que bajo mi punto de vista fue el primer gran ¡si quiero! a ese death metal que aún no tenía nombre labrado.

Morbid Tales (1984) fue el disco de estos suizos que tenía ingredientes del nuevo subgénero y que por lo que creo forma parte de la breve primera fase, más contenida y "menos extrema". Vamos, un bombazo de racimo, pero con la bomba atómica que aún tenía que ser inventada, para entendernos. Eso, queridos amigos, ocurrió con las demos Death Metal de Possessed de 1984. Muchos me direis, ¡eso es antes del disco de Celtic Frost! Correcto, pero pensad que hasta que sacaron el disco Seven Churches de 1985 ellos fueron algo bastante desconocido, aunque respetado en pequeños círculos. Con Possessed ya nos encontramos en Estados Unidos, en la zona de la bahía de San Francisco donde el thrash metal había logrado una notable aceptación.